«...AUSTERLITZ dijo que él tenía la opinión de que las voces que, al comenzar la oscuridad, atravesaban el aire y de las que podíamos captar muy poco, tenían, como los murciélagos, su propia vida, que rehuía la luz del sol. A menudo, en sus largas noches de insomnio de los últimos años, las veía al oír a las locutoras de Budapest, Helsinki o La Coruña, seguir muy lejos sus caminos zigzagueantes y deseaba estar en su compañía...». (Austerlitz, Anagrama ). El personaje de la última gran novela que escribió W. G. Sebald antes de fallecer, en el año 2001, en un accidente de coche: triste, solitario y huérfano del mundo, parte a la búsqueda de los lugares donde habitaron sus familiares masacrados por el holocausto y sólo encuentra el bálsamo para sus desdichas escuchando las voces femeninas y nocturnas de estas emisoras que lo acunaban. Las de A Coruña, durante mi infancia, que coincide con la juventud de Austerlitz en los años sesenta, daban por la noche las informaciones locales y luego ofrecían las noticias portuarias. A mí me gustaba oír el chasquido de esas voces susurrantes describiendo el estado de la mar, oír los nombres enigmáticos de los barcos y sus cargamentos en las entradas y salidas del puerto. Así yo también me quedaba dormido imaginando las rutas que recorrían y los lejanos y exóticos puertos de sus singladuras. Eran, como recordaba Austerlitz, voces femeninas, aterciopeladas, embaucadoras. Yo también fui a muchos de los lugares por donde viaja buscando información este huérfano judío, adoptado tras la guerra mundial por un párroco protestante y su esposa, en el País de Gales. Y quizás nos cruzamos en algunas encrucijadas: en Colonia o en una estación de metro de París camino a Drancy o Bobigny, desde donde los franceses mandaron a la muerte, a los campos de concentración de Alemania o Polonia, a miles de compatriotas judíos. Pero lo que verdaderamente a Austerlitz y a mí nos une es ese aparato de radio encima de la mesilla de noche, y los nombres de las más remotas ciudades. Como a Austerlitz, a mí me gustaba oír las voces misteriosas de las locutoras que eran para nosotros, náufragos de las ondas, jadeos de sirenas. Desde Gales, desde Galicia, o desde cualquier otra parte del mundo, escuchar el rumor de estas caracolas, y soñar y huir de la tragedia de nuestras familias (la mía, republicana) derrotadas. El dial era nuestra posibilidad de azar, en el azar existía un sentido, habitaba algún significado necesario al margen del curso uniforme y dotado de realidad de la vida. ¿Quizás percibíamos en esas voces los latidos de nuestras almas errantes? En un mundo insomne, utilizábamos la radio para soñar. Esas voces del exterior que recorrían miles de kilómetros a través de un vasto e insólito rodeo, eran una forma de deambular por nuestro interior. Luego quedábamos dormidos y con cuánta rapidez olvidábamos los sueños, porque también éstos se sitúan fuera del contexto, lleno de sentido, del todo de la vida. Georg Simmel escribió que «aquello que definimos como un sueño no es sino un recuerdo ligado, con menos hilos que otras vivencias, al proceso homogéneo y constante de la vida. Nuestra incapacidad para insertar algo vivido en este proceso la localizamos en cierto modo a través de la imagen del sueño en el que esa vivencia habría tenido lugar». La radio para Austerlitz, el amigo desconocido, y para mí, tañía como una campana. En el antiguo Japón, un hombre murió antes de tiempo. Descendió al país de los muertos y el tribunal que iba a juzgarlo le ordenó retornar a la vida. «¿Cómo voy a volver, si en la oscuridad no veré el camino?». «Escucharás el sonido de la campana», le dijeron. Emprendió la marcha, y oyó la campana, y encontró el camino de vuelta en la oscuridad y resucitó. Austerlitz y yo oiremos en la noche no ya las campanas, sino aquellas antiguas voces femeninas de Radio Coruña EAJ 41 y de radio Budapest o de Helsinki. E incluso sin entender sus indicaciones alcanzaremos seguros nuestro camino, resucitaremos y entraremos por la Puerta Dorada, junto a los nuestros.