Nacionalismos buenos

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

19 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

EN UN RECIENTE pronunciamiento de la Asamblea Episcopal española, se trata de distinguir entre nacionalismos buenos y malos. Los primeros serían los democráticos y respetuosos con las reglas del juego. En su versión independentista se legitima también en caso de invasión y colonización de pueblos, pero no los de secesión unilateral. Hay que agradecer que la Iglesia abandone públicamente los planteamientos carlistas y antiliberales que están en la base histórica del desarrollo nacionalista periférico en el caso español. Pero, lo de las reglas de juego sigue sin estar muy claro. ¿El juego es la Constitución? En tal caso, se observa que cuando las fuerzas nacionalistas ocupan el aparato de Estado que la Constitución y las leyes les permiten, se olvidan pronto de que existe una única nación española y tratan de poner los medios que los españoles les ofrecen para desmantelar esa unidad. ¿El juego es la defensa del alma vasca contra los pecados de los irreligiosos y blasfemos españoles, como sostenía Sabino Arana? Los nacionalismos periféricos españoles serán piadosos, pero cualquier cosa menos que «católicos», en su sentido de universales. Y no es sólo don Sabino. Aquí tenemos muestras más próximas, por ejemplo de galleguistas, que parecen demostrar que el racismo y la xenofobia son consustanciales al nacionalismo periférico: «A nacionalidade galega sinifica a superioridade indiscutibel da nosa Raza sobre das razas morenas euroafricanas de Iberia, e pol-o tanto, a inxusticia de que sexamos domeñados e gobernados por iles... Sinifica que, quitando Portugal, non temos verdadeiras afinidades étnicas con ningún outro pobo d'a Peninsula... que somos eiquí un pobo aparte, que as tradiciós hespañolas das grorias de Castela, do Arabismo, do Século d'Ouro, da Místeca, non son nosas...». (Vicente Risco, Premio de las Letras Gallegas, 1981. Ideario galeguista).