DECÍA Platón que las repúblicas llegarían a su máxima altura cuando fueran dirigidas por filósofos, entendiendo por filósofos a los amantes del saber, poetas y escritores en general. Por deformación paterna excluyo a los abogados. Desde niño oía en mi casa una frase atribuida a Blasco Ibáñez: «En España, todo hijo de rico vago e indolente, ejerce la abogacía». En aquel momento y en Galicia, el destino de estos ganapanes era el seminario, al que abocaron a mi hermano Xosé desde su infancia, hasta que después de una santa ordenación en el Vaticano y un ejercicio comprometido en barrios obreros de Ferrol, salió o lo salieron de la institución. Los que pensaran que Benaissa, el ministro marroquí de Exteriores, era un ignorante, bocado para nuestros Aznar, Piqué o Loyola, iban muy descaminados. Tiene detrás siglos de civilización, que aunque no esté a flote actúa desde abajo, y que en lugar de estudiar leyes le gustó cultivar el trato de pintores, músicos y artistas en Francia y Estados Unidos, creando al fin un festival multiartístico en Marruecos que ya quisiéramos para nosotros. A este señor, culto y refinado, se le ocurrió la primera medida concreta de ayuda a nuestros pescadores: ofrecerles las aguas marroquíes para ir a faenar. A decir verdad, no creo que Benaissa lo haya hecho únicamente por humanitarismo. Al fin y al cabo dirige la diplomacia de su país y ha de velar por los intereses de sus conciudadanos. Y fíjense ustedes en la situación: Marruecos, el eterno enemigo, reacciona mucho antes que el Gobierno español y pone en entredicho la política bilateral. Entre otras muchas cosas, ¿cómo podría el Gobierno de Madrid rechazar esa ayuda, y cómo va a continuar ahora España negando la regularización de los inmigrantes magrebíes, si éstos ya le dieron a nuestra patria Perejil y ahora cuidan a los gallegos? No hay enemigo pequeño, me enseñaron los franquistas en la escuela; los de ahora deberían aprender la lección que daban, y no desdeñar ni a Benaissa ni al subcomandante Marcos. Otro humanista y poeta que lleva dieciocho años en la selva. Le sobra tiempo para leer, escribir y cavilar estrategias. Hace un año nos recibió en Xochimilco a Danielle Mitterrand, José Bové, Bernard Cassen y a mí. Todos elogiaron su lucha política, decidida y pacifista. Yo le dije que lo que más me impresionaba de él era la calidad literaria de sus proclamas. «Es el mejor elogio que se me puede hacer», me dijo, creo que sincero. Pues bien, este lector y poeta, profesor de Universidad, acaba de lanzar una estrategia en la que ya cayeron abogados y jueces. Por lo menos uno, el muy celebrado Garzón, cuyos méritos y afán de protagonismo no se discuten. Pero con tanto seminario y abogacía no se percató de que la carta que fue leída en el Aguascalientes de Madrid contenía un anzuelo con carnaza que el juez, con todas sus leyes a cuestas, se tragó como un pardillo. Hasta la selva Lacandona había llegado el celo exhibicionista de Garzón. Las descalificaciones del texto contenían el cebo, y aceptó la justa, como dice el sub en términos cervantinos. Ahora a ETA no le queda otra. Tiene que aceptar a su vez la tregua de ciento setenta y siete días (esperemos que renovables, como lo son los tres meses que Marruecos concede), a menos de que no estuviera ya dispuesta de antemano a hacerlo. ¿Y cómo podría oponerse el primer ministro español, hundido como está en las olas negras hasta el bigote del mismo color? El diálogo puede comenzar, arma principal del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, alejando la violencia, a la que siempre se opuso. La sabiduría se cierne sobre la mediocridad. Ya lo decía yo hace unas semanas, citando a un autor cuyo nombre no recuerdo y cuyas palabras reproduzco, cambiadas sin duda por el siniestro alzheimer: «Se puede dar el pego durante un tiempo a unos cuantos; se puede engañar durante un tiempo a todos, pero lo que no se puede es mentir siempre a todos».