Nunca más llorar

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

LO PEOR de la catástrofe del Prestige son los retrocesos a estados mentales de los años sesenta. Volvemos a ser el pueblo preindustrial, rudimentario y arcaico de Rosalía de Castro, del galleguismo económico, del asistencialismo paternalista. Ahora, en lugar de sufridos campesinos autoconsumidores sin afán de lucro, tenemos a los últimos supervivientes de las artes marineras tradicionales. Muy bonito para el cine, el reportaje televisivo y para los nostálgicos de la Galicia eterna. Pero esa Galicia nunca existió más que en los escritos de los administradores del sentimentalismo colectivo. Y hoy ni siquiera tiene una apoyatura estadística para el autoengaño. El conjunto de todas las personas que trabajan en la pesca apenas llegan a las 30.000. Y eso sumando altura, bajura y marisqueo. Muchos más que los afectados. En cualquier caso, y considerando los relacionados con su actividad, serán una minoría de los activos gallegos, un máximo del 4%. Y me pregunto: ¿No podemos el resto del 96% de los gallegos atender a nuestros conciudadanos en una desgracia sin ninguna ayuda exterior? En la peor de las hipótesis nos toca a 1 afectado para cada 25 gallegos de la industria, la agricultura, la construcción, el comercio, la enseñanza, la sanidad, las finanzas y demás servicios. ¿Es que necesitamos a otros de fuera para atenderlos como se merecen mientras estén privados de ingresos? Si fuera así yo emigraría, no querría vivir en un pueblo esterilizado por la mediocridad y los complejos históricos. Pero no será necesario. A Galicia -como también a España- la hemos hecho una sociedad muy desarrollada, competitiva, creativa y generadora de riqueza en todas sus facetas y por todas partes. Es mérito de la Galicia no oficial. Sólo tenemos el lastre de la clase política, de los viejos intelectuales que venden ideas del pasado y de los nostálgicos del maniqueísmo de buenos y malos que andan desnortados tras la caída del muro de Berlín en el 89. Pero Galicia es ya una comunidad exportadora neta, como ha revelado el riguroso estudio anual del Banco Pastor, de perfil muy desarrollado, con una agricultura que excede las cuotas de producción, con un empleo industrial que ha crecido como nunca en su historia, y con gente en los servicios que destaca en todos los foros nacionales e internacionales. No debiéramos pedir nada a los demás. Y todo lo que voluntariamente quisieran darnos lo recibiríamos como el más valioso de los valores, la solidaridad generosa y desinteresada, como lo que Bouilding llamó la «economía del amor». Al Estado hay que solicitarle sólo profesionalidad. Como parte de España, Galicia tiene que recibir las justas devoluciones de sus aportaciones impositivas.