AZNAR ES apellido ilustre y nombre de aquel caudillo navarro al que se atribuye la reconquista de Jaca a los árabes, fazaña por la que se le otorgó el título de conde, siendo así el primero de los condes de Aragón. Navarro o no el gentilicio, el almirante Juan Bautista -de segundo apellido Cabañas- ha sido el gran ignorado, o el evitado de nuestros ilustres próceres. La ignorancia está más que justificada: casi todas sus referencias bibliográficas, Espasa incluido, datan de su nacimiento en Cádiz y un marino nacido en la tacita de plata , protagonista en cuanto desastre naval hubo a finales del siglo XIX y principios del XX, que en política fue tachado de inepto, y cuyo último servicio fue liquidar la monarquía de don Alfonso XIII -viaje de Cartagena al exilio incluido- no es extraño que apenas haya despertado interés entre los gallegos. Pero las cosas no han sido como nos han hecho creer las escasísimas referencias biográficas de este gran marino coruñés. ¿Coruñés? Pues sí, de la coruñesísima calle de los Olmos, en la que nace en 1860; en Coruña crece y hace sus primeros estudios, hasta que ingresa en la Marina para construir uno de los expedientes más brillantes de la Armada. Pero ni siquiera figura en la Enciclopedia Gallega . Jesús María Reiriz Rey ( La Coruña: hechos y figuras , 1999) nos comenta la popularidad del hermano mayor de los Aznar, Francisco, médico especialista en electroterapia que colaboró con el catedrático de Física y Química del instituto Eusebio da Guarda, don Acisclo Campano, en el primer experimento de rayos X efectuado en mayo de 1896. Vamos, familia coruñesa. A los catorce años ya era alférez de la Armada; tras sus intervenciones heroicas en los desastres de Cavite y Santiago de Cuba se le premia con la Gran Cruz del Mérito Naval a los 38 años, interviniendo después en la campaña de Africa como jefe de operaciones de la escuadra. Su talante liberal -propio de un coruñés- y democrático y su gran profesionalidad le granjean el afecto y respeto máximo entre sus subordinados. Sin afiliación política, pero como amigo de don Manuel García Prieto, aceptó la cartera de Marina en su gabinete de 1923. Condenó enérgicamente el pronunciamiento de Primo de Rivera pero se opuso a que la Armada se enfrentase con el Ejército sublevado, lo que fue, miopemente, criticado, pues hubiera sido el principio de otra guerra civil. Asciende a almirante y en 1925 es elevado a capitán general de la Armada, grado máximo que se alcanzaba por méritos acumulados y que fue el último en ostentarse en la Marina. La inesperada dimisión del general Berenguer obligó al monarca a iniciar conversaciones inmediatas para constituir gobierno y, tras declinar el honor -la patata caliente- Alba, Sánchez Guerra y Melquíades Álvarez, le tocó a Aznar, que hubo de viajar urgentemente desde Cartagena, marronazo histórico que sólo su intachable lealtad y disciplina explican que se tragase . En cinco días formó un gobierno de concentración tildado de inepto. Apenas pudieron liquidar el juicio del Comité Revolucionario Republicano y convocar las elecciones municipales y al Senado, que ya no se celebrarían. Quizás en la triste despedida de Cartagena flotase el recuerdo de la Dictadura: ¿hubiese cambiado radicalmente el devenir de España de no haberse aceptado el pronunciamiento de Primo de Rivera? En cualquier caso, Aznar no era culpable. Reiriz nos cuenta una anécdota de María Pita: en una visita de la escuadra, el alcalde Linares Rivas evocó la figura del almirante Aznar como la de «un coruñés tan insigne como modesto», prometiendo colocar su retrato en la galería de coruñeses ilustres; y allí está, firmado por Luis Mosquera. ¿Y vamos a ser tan mezquinos de quedarnos en un cuadro pintados hace setenta años? Al menos, no evitemos a coruñés tan ilustre. Hoy, es momento oportuno...