¿Nuevos gallegos?

OPINIÓN

PROBABLEMENTE los gallegos seremos vistos de un modo distinto después de esta marea negra que casi nos encierra en una esquela. Es casi seguro que el maldito fuel del Prestige acabará por señalar un antes y un después en la percepción ajena de nuestro carácter y de nuestro ser, con serias y bien notorias modificaciones. Caben pocas dudas de que la imagen recia y enérgica de nuestros mariñeiros afrontando en solitario con sus barcos la llegada del gran ogro contaminante ha levantado oleadas de admiración, de simpatía y de solidaridad por todas partes. ¿No era el gallego un ser melancólico inclinado a la resignación, a la pasividad, a la aceptación de la desgracia sin apenas alzar la voz o resistirse? Los medios de comunicación se han encargado de dar cumplida respuesta al mostrar al mundo entero cómo un pueblo se puede movilizar espontáneamente en defensa de lo suyo, con una vitalidad más próxima, en este caso, a la bravura que nos atribuyeron Estrabón o Silio Itálico que a la menguada condición que nos reservaron los autores del Siglo de Oro (con el ludópata Góngora a la cabeza) y otros posteriores. Todavía a mediados del XIX el dandy Mariano José de Larra malgastaba su ingenio afirmando que el gallego era «un animal muy parecido al hombre, inventado para alivio del asno». Más en serio, y ya en 1903, don Miguel de Unamuno, un vasco que amaba nuestra tierra (en la que se enorgullecía de tener buenos amigos), aún veía en sus habitantes una casta cansada que rehuía luchar y que se acomodaba «con adaptación pasiva más que activa, haciéndose al ámbito en vez de hacerse a sí». Una tierra en la que descubría demasiadas bágoas , y también demasiadas lamentaciones. El filósofo Ortega y Gasset, menos fascinado por nuestro vecindario, tampoco se anduvo por las ramas cuando, allá por 1921, escribió sobre una «tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas». Un país, en fin, con «la fisonomía de un sordo y humillado resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena», y cuyo «nihilismo nacional» causaba verdadero pavor. ¿Qué dirían ahora tan insignes observadores si pudiesen ver, en plena costa atlántica o ante sus televisores, la energía desplegada por unos ciudadanos decididos a librar una batalla desproporcionada, sin ceder al abandono o a la pasividad, ni a la resignación, ni al lamento estéril, ni a un nihilismo más o menos nacional? No cabe dudarlo: como almas inteligentes y sensibles que eran, cambiarían gustosos sus discursos, para hablar, como han hecho estos días tantos y tantos escritores y periodistas, de una hazaña colectiva de ciudadanos libres que saben el valor de lo suyo y acuden a defenderlo con total determinación y con todos los medios a su alcance (que eran sólo los de su propiedad, porque los de titularidad pública tardaron demasiado en llegar, como es sabido). Sí, hoy, sin duda, Unamuno y Ortega rectificarían lo dicho hace casi cien años. Como están rectificando, aunque sea con discutible énfasis, quienes tanto se han equivocado estos días, quienes cedieron en un primer momento a la tentación de sostenella y no enmendalla, quienes se apuntaron a un oportunismo digno de mejor momento; en suma, todos aquéllos que ahora ya han descubierto que este pueblo no es el mismo en su actitud ante las adversidades y que si antaño respiró la mansedumbre que algunos denunciaron probablemente con justicia («mexan por nós e hai que dicir que chove»), hoy bien cabe afirmar, como cantaba Bob Dylan en los años sesenta, que «los tiempos están cambiando». O han cambiado ya. Y tal vez lo han hecho para siempre. Para comprobarlo, basta con echar una ojeada alrededor. Es un clamor.