LOS GOBIERNOS reivindicaron sus actuaciones calificándolas de diligentes. La diligencia reivindicada, tan sólo la hemos visto en esos hombres y mujeres, encarnaciones de Ler, el dios celta del mar, que con nombres y apellidos controlaron la baba. En medio de la incertidumbre en que hoy vivimos, hay evidencias dolorosas: Portugal o Francia nos informan de todo aquello que aquí desconocemos, incluso de la fallida predicción -¿con qué experimentación?- en torno al paradigma de la solidificación. ¿Podremos ser críticos y autocríticos los investigadores? ¿Podremos exigir al sistema científico una respuesta coordinada, certera, eficaz y eficiente? En Galicia la pertinaz insistencia del petróleo en nuestras costas, y la elevada densidad de investigadores marinos, han permitido, mal que bien, disponer de un conocimiento pormenorizado de nuestro mar, e incluso de adecuados estudios sobre vertidos de petróleo. Una vez eliminada -prioridad urgente- la parte visible de lo llegado y por llegar, los esfuerzos de investigación no deben ser indiscriminados. Preguntas sucesivas sólo pueden responderse con la investigación, o dejar que responda el viento. La investigación precisa de tiempo y de decisiones. Al sistema de ciencia y tecnología se le debe exigir un papel activo y eficaz. Las instituciones científicas son unidades disjuntas y para responder con eficacia se precisa de su articulación frente a una adecuada formulación de los problemas: en la catástrofe gallega lo afectado no es sólo un sistema natural, sino también todo un sistema económico. En ciencia el presupuesto y los recursos son públicos y en los gestores y administradores del sistema recae la responsabilidad de su eficacia y orientación, pero el conocimiento, el rigor y las manos son de quienes hacen la investigación, y sin sus propuestas, su trabajo y su capacidad crítica se avanzará con dificultad. Pero, si acaso hubiere la tentación de investigar al viento, y se nos consiente, les propongo que mediten, como alternativa, la propuesta de don Álvaro Cunqueiro para el Leviatán Urquiola : «Antes, nosotros, los gallegos, teníamos entre nosotros santos taumaturgos, como San Ero o San Gonzalo, quien, rezando avemarías, hundía una flota normanda. Uno de ellos podría detener a Leviatán, a los leviatanes de la técnica, con su mano o su voz, y limpiar el océano con la mirada de sus ojos».