El árbol de la noche triste

CÉSAR ANTONIO MOLINA

OPINIÓN

07 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

VOY ANDANDO tras la bicicleta de Laura que se desliza por el parque de El Retiro. Enfilamos el paseo de coches y veo al fondo el alto pino copudo. Laura entonces acelera su pedaleo y la voy perdiendo de vista. Edgard Neville, en El baile , utilizó este exterior para mostrarnos en su filme el paso del tiempo. Hace más de un siglo las endomingadas familias madrileñas paseaban entonces por aquí caminando o en carruajes, como nosotros lo hacemos ahora deportivamente y en bicicletas o patines. Esta larga avenida limitada a lo ancho por jóvenes plátanos, se me asemeja al mismo camino de la vida. Mientras sigo la estela de mi ciclista marco imaginariamente el lugar del tiempo que he recorrido y alzando la vista atrás y adelante veo más lejos el punto de partida que el de llegada. El pino, que debe tener mi misma edad, le da un porte romano a esta otra Vía Apia. Laura me espera sentada a su sombra y me riñe por la tardanza. Continuamos hasta la Plaza del Ángel Caído y de allí vamos hacia la salida por el Casón del Buen Retiro. Aquí la disposición del jardín a la francesa crea pequeños laberintos de setos. Mientras ella juega a salvarlos yo la espero junto al ahuehuete, el ciprés de Moctezuma, el árbol de la noche triste de Hernán Cortés. Abundan en México formando extensos bosques. Hay ejemplares imponentes. En Santa María de Tula, en Oaxaca, México, vi uno. El árbol del Tule, el Gigante, un colosal ahuehuete que se encuentra en el patio de la iglesia de una antigua misión española. Cuando, en el año 1803, lo visitó Humboldt, tenía ya entonces cuatro mil años. Impresiona no tanto por su altura, unos cincuenta metros, sino por el grosor de su circunferencia, más de sesenta metros alrededor del tronco. Se asemeja a un inmenso hongo o a un monstruo mitológico y sus infinitas ramas daban cobijo a cientos de aves. Muy pocos árboles como: el abeto de Santa Lucía de California, de seis mil años; o el drago del Seminario de la Laguna, en Tenerife (Canarias), de la misma edad que el norteamericano lo superan. Por cierto que este último también lo vio el científico alemán, mientras que Darwin siempre se quejó de no haberlo podido admirar debido a que su barco sufrió una cuarentena. El ejemplar que contemplo es todavía muy joven, apenas tiene más de tres siglos. Fue plantado alrededor del 1633. Es, sin embargo, el más viejo del parque y quizás también de todo Madrid. Las tropas napoleónicas instalaron su cuartel en este lugar y se dedicaron a talar todas las viejas y venerables especies excepto este ejemplar. Algo debió impresionarles para respetarlo. Es como un gran candelabro de varios brazos, se semeja igualmente a un lanudo mamut. Laura, cansada, viene a reposar junto a mí. Me nota tan embelesado con aquel árbol que me pregunta por su edad. «Es más viejo que yo y más joven que tú», le respondo. Ella me sonríe con sus cómplices ojos azules y de nuevo se va a jugar por entre las rejas que lo protegen. Miro esta arquitectura del tiempo, este monumento e, igualmente, vigilo las correrías de la niña. Entonces se me vienen a la cabeza los versos que Yeats le escribió a su hija: «Que belleza le sea concedida, mas no/belleza que conturbe el ojo del extraño/o el propio ante un espejo, pues tales,/siendo a tal punto bellas,/estiman la belleza un suficiente fin,/pierden la bondad natural o tal vez/la intimidad que el corazón descubre/y bien elige, y un amigo no encuentran». Regresamos a casa cayendo la noche. Al acostarse la quedo mirando. En ella me veo a mí y en mí noto a mi padre que besa mi frente. Su gesto de ternura era semejante al mío ahora: tan satisfecho, tan resignado, tan breve. «¿Qué hombre se ha inclinado sobre el rostro de su hijo, sin pensar cómo esa cara, ese rostro/se inclinará sobre él cuando esté muerto?», dice un soneto de Dante Gabriel Rossetti. Laura me sonríe, me aprieta la mano. No me dice nada. Ella y yo lo sabemos todo.