«DESPUÉS DE las comprobaciones del Nautile -dijo el ministro Rajoy- sabemos que hay cuatro hilitos de fuel (sic) que fluyen de la proa del Prestige ». Poco después tuvieron que reconocer que esos hilitos eran chorros continuos de 15 centímetros de diámetro, y desde muchas horas antes ya estábamos informados por este periódico de que los portugueses habían reiterado la detección de enormes manchas de fuel posteriores al hundimiento del buque. Hoy sabemos, además, que esas manchas habían salido a la superficie mientras el Gobierno seguía aferrado a la fantasiosa teoría de la solidificación, que una segunda oleada de petróleo se prepara para arremeter contra la costa, y que, de acuerdo con los ensayos realizados por científicos franceses con muestras de los vertidos -¡así se hacen las cosas!-, la solidificación del fuel no es más que un sueño forjado en el desconcierto general de las autoridades españolas. Cada día que pasa es más evidente que la catástrofe es mucho mayor de lo que nadie podía imaginar, que el fiasco del Gobierno y de la Xunta no tiene parangón en la larga historia de las mareas negras, y que todo lo que dijo Mariano Rajoy en sus extraterrestres ruedas de prensa estaba desmentido ya por otras fuentes más fiables, o iba a ser desmentido por los hechos pocas horas después, hasta lograr la histórica marca de no haber acertado ni una. ¿Qué diferencia hay entre esta crisis dirigida por el todopoderoso vicepresidente y aquella crisis de las vacas locas explicada por Celia Villalobos? ¿Qué cosa dijo Mariano Rajoy que no pudiesen decir Pío Cabanillas o Esperanza Aguirre? ¿Qué distancia hay entre los hilitos que brotan del Prestige y la esperable declaración de que todo esto se arregla si, en vez de hacer caldeirada de pescado, nos hacemos un caldito con lacón y grelos? Al final va a tener razón Celia Villalobos cuando dijo que el escándalo que levantaban sus palabras no tenían más explicación que su condición de mujer. Porque sólo así se explica que Fernández de Mesa y Mariano Rajoy no hayan sido corridos a gorrazos por el mismo auditorio que se partía de risa con las brillantes intervenciones de la ex-ministra de Sanidad. ¡Qué enorme desastre! ¡Cuánta incompetencia soberbia e irresponsable! Menos mal que, además de Portugal, nos queda la gente del mar. Porque sólo ellos supieron lo que tenían que hacer, y lo hicieron. Y porque sólo gracias a ellos podemos disimular la vergüenza que produce, no la desgracia, que tiene sus propias reglas, sino el hecho de que nuestros gobernantes hayan batido uno más de sus famosos récords, ya que nunca se había contaminado más con menos petróleo. ¡Qué pena, Dios mío! ¡Qué pena!