Con los nuestros y con razón

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

LA INDUDABLE mejora del nivel de vida a rebufo de la riqueza europea nos había llevado, a los gallegos, a falsear el pasado y el presente. Dos hechos crueles nos han refregado que todavía no es tiempo de perdices. Habíamos idealizado la emigración ultramarina como la epopeya de la nación gallega. Pero fue tragedia para la inmensa mayoría de los emigrantes: escapar de la miseria para caer en la derrota y en la humillación sin esperanza. El que algunos hicieran allá fortuna no compensa el precio que hubieron de pagar los que comieron el pan amargo del fracaso, amasado con soledad y llanto seco. Vuelve de Argentina marea triste de sueños anónimos naufragados, imposible de limpiar. A esta historia de dolor estéril en tierra ajena se suma ahora la calamidad y la vejación inferida a todos juntos en la propia. El petrolero partido ante nuestras costas por desprecio del derecho internacional y falta de medios preventivos indica que los socios capitalistas no se cuidan de evitar que el mar de la parte industrial resulte vertedero. Cuando no les hacemos los trabajos sucios, nos endilgan su mierda. Los gallegos no podemos aceptar que se nos trate como a pordioseros y a Galicia de basurero: está en juego nuestra dignidad, que es el patrimonio de los pobres. Lo ocurrido estos días pide rebeldía ética y determinación sostenidas para crear una conciencia común sobre nuestra realidad y el modo de estar en ella. Tenemos que enseñarles a los dirigentes que no somos el atajo de almas entregadas a la fatalidad que ellos creen, y que no podrán chulearnos más. Lo primero, encararnos con nuestros demonios. Recordemos al menciñeiro cunqueiriano que los echaba del cuerpo del doliente con sólo nombrarlos en voz alta por nombres y apodos. Un Mel de Vincios colectivo.