Bio-Bac

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

OPINIÓN

01 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

NUESTRA VIDA está llena de placebos. Con algo hay que consolarse, depositando en ello virtudes curativas, reales o imaginarias, para nuestras desdichas o cabreos. Lo que ocurre es que el placebo lo ingerimos unas veces voluntariamente y, otras, a cachón, es decir, aunque no quieras. Aún no ha llegado el día en que un delegado del Gobierno nos prohíba ingerir los telediarios, Gran Hermano o la polémica por los córners de Figo. O, anualmente, el Festival de Eurovisión o la elección de Miss Mundo. Este es un placebo obligado y de efecto seguro para que nos olvidemos del déficit cero y de la hipoteca. Ahora bien, cuando un grupo de enfermos cree en las virtudes terapéuticas del Bio-Bac y se siente bien tomándolo con presteza aparecen las autoridades sanitarias para prohibírselo. Este placebo no interesa, porque no genera un colectivo adormecimiento electoral. Han hecho bien en apoderarse por la fuerza de ese cargamento. El efecto placebo no es monopolio del Estado. Me autoinculpo con ellos.