AHORA QUE ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir; ahora que ya hemos comprobado la dejación de responsabilidades de nuestras autoridades; ahora que ya sabemos que estamos en manos de especialistas en catástrofes, despojos y ruinas, tenemos que dejarnos de descalificaciones, insultos y zancadillas y tomarnos esto en serio porque la amenaza no ha hecho más que empezar. Ya hemos visto que los únicos que no faltan a su palabra y cumplen con lo esperado, son los vientos del oeste y del noroeste. Hemos podido comprobar que, mientras en tierra perdemos el tiempo hablando de descoordinación y de lo que se pudo hacer y no se hizo, la gran amenaza navega incansable hacia nuestras costas. Y no lo vemos. Ya decía Jardiel Poncela que lo único que no se ve es lo que está al alcance de la vista. En las próximas horas, si los vientos cumplen su palabra, y parece claro que son los únicos que lo hacen, vamos a tener que hacer frente al segundo embate de la catástrofe del Prestige . Y poco hemos mejorado desde el día que el petrolero se fue a pique. A la vuelta de la esquina vamos a tener que afrontar los efectos de este fuel, que según parece «sólo» presenta «algunas complicaciones», sobre la pesca, el marisqueo y, posiblemente, sobre nuestra salud, por las partículas tóxicas que contiene. Convenzámonos. Estamos obligados a dar la cara a una de las mayores catástrofes ecológicas, sociales, sanitarias y económicas que jamás haya sufrido Galicia. Y aquí estamos. Sin enterarnos. Hablando de carroñeros, de estrategas de café y de desatinos. Echándole la culpa a Gibraltar y a Portugal. En manos de Rajoy, Fernández de Mesa, Arias Cañete, López Sors, Álvarez Cascos, Trillo, García-Bobadilla y todo el coro de palmeros. Y eso también es una catástrofe.