OTRA VEZ, la enésima, estamos en la batalla entre grandes superficies y comercio minorista, ante la eventualidad de que aquéllas, que no llegan a la veintena, se pueden duplicar en Galicia a corto plazo. Y por medio, el BNG, dispuesto a crear una figura tributaria autonómica, para gravar esas instalaciones comerciales que aportan modernidad y precios de choque. Cuando se producen estas situaciones, recuerdo siempre el caso de un pequeño comerciante de mi entorno, al que un día, hace mucho tiempo, le sorprendió un gran almacén que abría sus puertas a unos metros. En lugar de amilanarse, se dedicó a comprar grandes cantidades de media docena de artículos, que él no tenía capacidad para vender al detall, pero sí para distribuir entre otros minoristas, con un pequeño gravamen por la gestión. Pudieron dar la réplica a aquel y a otros grandes almacenes. Y cuando convenció a varios colegas para que hicieran lo que él mismo, comprar y distribuir entre pequeños comerciantes, ofrecieron no ya media docena sino una veintena de artículos sensiblemente rebajados. Hoy no vale sólo con precios para defenderse de las grandes superficies, pero hay mil recursos que los comerciantes que saben de su comercio conocen. Los que sucumben, las más de las veces lo hacen por su inutilidad puesta de relieve por la competencia. Amedrentar a las grandes superficies con nuevos tributos, como pretenden los nacionalistas parece, cuando menos, poco inteligente. Ya pagan estas instalaciones las mejoras de su entorno, los nuevos viales de la zona, etcétera. Y en ocasiones, incluso, tienen que entrar en ese chalaneo impresentable que algunos llaman urbanismo concertado, que no es otra cosa que variar los volúmenes de edificabilidad o fórmulas semejantes. Es decir, aquello que han aprobado los mismos concellos que al recibir compensaciones en terrenos o de otro orden, son capaces de echar abajo sus propias disposiciones.