HAY QUE darles la Medalla Castelao. Y la de Galicia. A Álvarez Cascos, por insigne marino y combativo ecologista. A Arias Cañete y Fernández de Mesa, por profetas y adivinos. Al Gobierno en pleno, por su actuación decisiva. A la Xunta, por defender con tesón los intereses de Galicia. Y a Manuel Fraga por tener la puntería de viajar en el peor momento. Casi dos semanas después, el desastre del Prestige ha adquirido ya categoría de obra de arte. De esas merecedoras de figurar en los museos de historia para vergüenza de quienes tuvieron responsabilidad en él, y de las generaciones venideras. Aquí no se salva ni el marmitón de cocina. Una auténtica obra de arte del esperpento, del ridículo y de la incapacidad. A la tristeza que los gallegos sentimos por la catástrofe ecológica, económica y social se nos une la desolación de corroborar, una vez más, que carecemos de gobernantes. Que son incapaces de afrontar con decisión y acierto los momentos claves de nuestra existencia. Que utilizan las técnicas de tiempos olvidados de negar la evidencia. Para rechazar la realidad. Fernández de Mesa diciendo que lo peor ya ha pasado. Arias Cañete, que la pesca no sufrirá. Y Fraga, que él es el único que viaja con dinero para repartir. No es un problema de dinero. Es de dignidad. De una dignidad que no existe. La catástrofe del Prestige nos ha dejado, al menos, una nota positiva. La de demostrar, por si quedara aún algún incrédulo, que este país navega, como lo hizo el petrolero durante días, a la deriva. Sin rumbo. Sin mando. Sin gobierno. Al socaire de los vientos. En cualquier sociedad europea, a estas horas habría varias dimisiones irrevocables encima de las mesas de los despachos. Aquí, ni se lo plantean. Por eso, por el valor que tienen, hay que premiarlos. Con las Medallas Castelao. Y la de Galicia.