«Nunca más he de servir...»

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

24 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

CUENTAN QUE, después de conducir el cadáver de la emperatriz Isabel de Portugal a su tumba de Granada, el capitán Francisco de Borja hubo de comprobar personalmente la identidad de los restos que entregaba. Y que, al abrir el féretro y ver la corrupción en que había degenerado tanta hermosura, dijo: «Nunca más he de servir a señor que morirse pueda». Y se hizo jesuita. La verdad es que no veo al cardenal Rouco metido a jesuita. Pero algo tendrá que hacer cuando dimita Aznar y vea cómo le queda la Iglesia que va vendiendo por parcelas a cambio de una financiación adecuada, de las ideas políticas de la derecha, de la asignatura de religión curricular y de la regresión preconciliar del papa que más aeropuertos ha visitado. Porque, al final, siempre estamos en lo mismo, y, lejos de preocuparnos por lo que tenemos que hacer y decir los cristianos en momentos de crisis, cuando el mundo se enzarza en sus grandes y pequeñas guerras por el petróleo o por Ajuria Enea, lo que estamos haciendo es traducir el Evangelio al lenguaje del poder, para contentar a señores que no sólo pueden morirse, sino que pueden dimitir, perder las elecciones o cambiar como veletas, mientras seguimos ciegos a la vida de una Iglesia que se ha reducido, en su práctica cabal, a un 17 % de los españoles. ¿Por qué será? ¿Qué diferencias hay entre los obispos que votaron el papel mojado de la Conferencia Episcopal y los que no lo votaron? ¿Qué dice el famoso documento que no sepamos todos, católicos y no católicos? ¿Por qué no basta el quinto mandamiento -¡no matarás!- para enfrentarse a ETA? La respuesta es muy sencilla. Porque el quinto mandamiento es el más manipulado de todos los tiempos, siempre matizado e interpretado al gusto de los grandes poderes, y porque, más allá de repetirnos las cosas que todos sabemos y decimos, monseñor Rouco le debía a Aznar el favor de traducir la Biblia al lenguaje del Partido Popular, para formular el quinto mandamiento al estilo de las retahílas condenatorias de Iturgaiz. Y ahí está la debilidad del documento. Porque, diciendo lo mismo que muchos decimos y sentimos, se esmera en abroncar indirectamente y dejando patidifusos a los que creían que la Constitución estaba en el ámbito de lo pactable y de lo estrictamente político, en vez de pertenecer al terreno de la moral católica. Pero los obispos «buenos» le habían fallado a José María Aznar cuando el Vaticano les impidió rectificar la carta pastoral de los prelados vascos, y le debían esta pieza. Y, como ya decía Curros -hablando del gaiteiro de Penalta-, «era unha peza, ¡que peza!».