Renunciar al poder

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

HACE unos días, leía en un artículo un discurso del presidente de la República Checa, Vaclav Havel, pronunciado en Nueva York en septiembre pasado, en el que anticipaba su testamento político, de forma elocuente, emocionante y literariamente impecable, como corresponde a la categoría intelectual de su autor. Su Adiós a la política es una pieza modélica de la grandeza y la humildad que contiene el poder cuando lo ejerce una persona inteligente. Al cabo de 14 años como presidente de su país, Havel perfila un autorretrato de su personalidad como hombre y como político, con sincera dignidad. «En este tiempo -dice- he perdido mucha seguridad en mí mismo, y soy mucho más humilde... Cada vez tengo más miedo a no estar a la altura de mi tarea o de estropearlo todo... Cada vez tengo más miedo (...) de dejar de ser alguien en quien se puede confiar y, por consiguiente, perder la legitimidad para hacer lo que hago». Cuando un hombre elegido para el liderazgo decide por propia voluntad que ha llegado la hora de renunciar al poder, es cuando ofrece su auténtica categoría de hombre de Estado. En esa decisión se concreta lo más relevante de su biografía. Un hombre público como Havel, que ha compartido protagonismo en las grandes decisiones de la última década del pasado siglo, siente, lógicamente la fatiga del mal de altura y confiesa con ejemplar humildad que tiene dudas incluso de sí mismo... «Cuantos más enemigos tengo, más me pongo de su lado mentalmente, con lo que me convierto en mi peor enemigo». Un político envanecido de poder no hubiera reconocido, ni siquiera para sus adentros, la debilidad intelectual de Havel, en su emotivo adiós a la política. Mucho menos hubiera confesado su fracaso o su cansancio un político mediocre. Sólo en un estado de plena madurez de la conciencia un hombre importante sabe cómo despertar a la realidad desde el sueño del poder, con elegancia y dignidad. Cuando una persona importante, como sin duda es Vaclav Havel, detecta que su futuro se agota y toma protagonismo el pasado; cuando, como él dice, comprueba que el mundo que le rodea no le pregunta por sus proyectos, por sus ideas, sino que le piden un balance de lo que ha hecho, es el momento oportuno de iniciar la retirada. Un político que es pasado ya está amortizado para la política activa. Si además de ejercer el poder ha sabido cultivar la inteligencia, su regreso a la realidad le permitirá disfrutar de la libertad y el apacible silencio para seguir siendo útil a la sociedad y estimularse a sí mismo. Aznar y Pujol son dos políticos que han decidido retirarse, aunque por motivos muy distintos. El primero porque se impuso un plazo de ocho años y piensa cumplir con su compromiso. El segundo, por saturación, después de veinte años en el poder. El presidente del Gobierno no podría anunciar un adiós a la política como Václav Havel, porque sus fuerzas para seguir en el poder no parece que estén agotadas. Pujol, sí; reúne todas las condiciones. Probablemente, la prematura jubilación política de Aznar sea, en el fondo, una maniobra para tomar nuevos impulsos. Aún le quedan recursos de futuro. Manuel Azaña, en sus Memorias , con su proverbial ironía, dice: «Esta tarde venía yo imaginando que dejaba el Gobierno y que me despertaba de él diciéndole a los periodistas por despedida: ¡Ha sido una graciosa aventura!... ¿Lo han tomado ustedes en serio?...». Azaña fue un gran cínico pero también un político que aguantó con su responsabilidad hasta el límite de la tragedia. Havel es un soñador que vuelve a la realidad. Aznar no es ni cínico ni soñador... Quizás, quizás sea un extraterrestre.