EL PEOR cargamento que nos dejó el Prestige -¡vaya paradoja!- es el desprestigio. Porque es un material que sólo se disuelve en el tiempo y con una lentitud exasperante, y porque, gracias a la facilidad con que las ondas lo transportan y dispersan, acaba contaminándolo todo, desde los gobiernos hasta la ciudadanía, y desde los pescados y mariscos hasta las agencias de viajes. Y eso es tanto como decir que lo ocurrido estos días va a pesar como una losa sobre la imagen y la economía de una Galicia que enseñó por televisión su peor cara: la del tópico expresado con acentos e imágenes de parodia, la del pesimismo congénito, la del catastrofismo convertido en moneda de cambio para las subvenciones, la del pueblo sentenciando sobre lo que no sabe mientras el poder calla lo que sabe, y la de una grave crisis ecológica y económica convertida en escenario de demagogos desorientados que lo mismo hablan de llevar el barco hacia ningures que de bombardearlo con aviones F-18, o que articulan socorros y pedreas antes de evaluar, siquiera a ojo, el alcance de la marea. ¡La leche, vamos! Las catástrofes no son siempre previsibles, y, cuando son previsibles, no son siempre evitables. Pero una cosa es asumir las limitaciones del Gobierno frente a los volcanes, terremotos, huracanes, inundaciones, aludes, sequías y galernas, y otra muy distinta es dar la sensación de improvisación, caos y falta de liderazgo con la que el Gobierno afrontó esta tragedia, haciendo gala de un abanico de posiciones que va desde negar o minimizar la propia catástrofe hasta, en un bochornoso ejercicio del «sálvese quien pueda», exportar el problema a Portugal y el Reino Unido. Lo único evidente en esta historia es que no hay un operativo definido para luchar contra estas catástrofes, que no tenemos remolcadores capaces de trabajar en circunstancias y condiciones que -por repetidas- son normales, que no tenemos barreras suficientes para cercar una marea, que no hay técnicos capaces de fundamentar una decisión política firme, y que la principal preocupación del Gobierno sigue siendo la de controlar, por fas o nefás, la marea mediática. Por eso hay que pedir que, igual que se hizo con el euro, se abandone cuanto antes la idea de «nuestras costas» y se empiece a hablar de la costa europea, y que, cuando encalle el próximo petrolero, se tomen las decisiones en Le Havre o en Rotterdam. Porque llegarán antes, tendrán más medios, lo harán mejor, sabremos quién manda, tomarán decisiones y asumirán sus costes políticos. Y, sobre todo, no nos ocuparán la televisión con adjetivos como lógico y razonable, que, en casos como estos, son completamente ilógicos e irracionales.