Celibato

| SUSANA FORTES |

OPINIÓN

16 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

CUENTAN que cuando se estrenó Gilda , las beatas se apostaban con sus rosarios a la entrada de los cines. En aquel tiempo vacío y gris de la España de Franco -con serenos y silencios de piedra y matrimonios aburridos y sexo estrictamente tasado-, Rita Hayworth representaba un sueño de celuloide con el que alimentar el hambre del racionamiento. Hubo amenazas de excomunión y penitencias interminables. Hay que reconocer que la chica, aunque de belleza celestial, no era fácilmente reconvertible en casta esposa como mandaban los cánones patriarcales de la Santa Madre Iglesia. La polvareda levantada recientemente por el estreno de la película El crimen del padre Amaro recuerda demasiado esos tiempos: obispos que se rasgan las vestiduras y exigen la prohibición del filme, manifestaciones de feligreses fanáticos, reacciones airadas de los sectores más integristas... Cuesta creer que el debate teológico del siglo XXI haya descendido a niveles tan precarios y preconciliares, sobre todo con los graves problemas que tiene planteados la Iglesia por los escándalos de pederastia o de corrupción económica, Gescartera por ejemplo. Ante estas negruras, la escena en la que un jovencísimo cura cubre con un manto mariano a la mujer que quiere antes de amarla terrenalmente, no pasa de ser una ingenua y delicada metáfora. Si esto molesta, que se prepare la Iglesia para cuando vengan los dardos de verdad con el estreno del incombustible Costa Gavras en Amén, que da cuenta de las estrechas relaciones de la maquinaria nazi con la diplomacia vaticana. En realidad, El crimen del padre Amaro es un apasionado relato romántico escrito en el siglo XIX por el novelista Eça de Queiros, que lo ambientó en la frontera entre Portugal y Galicia, y que ahora se traslada al México incurable de los narcotraficantes; un México dócil y violento, de clientelas católicas y niñas con ojos que parecen pintados por Diego Rivera, por donde planea errante la sombra de Buñuel. De eso habla en realidad la película, de las relaciones de poder dentro de la Iglesia y sus callejones sin salida, de las subvenciones de los carteles de la droga para blanquear sus ganancias, de la hipocresía y la doble moral que es el verdadero sustrato de la mafia blanca... y lo hace con un estallido puro de sexo enamorado al que sólo la oscura barbarie del celibato convierte en drama. Lo que esta película denuncia no es la vida sexual dentro de la Iglesia -que es un camino ya sabido y trillado- sino un problema político. Cuando el joven sacerdote vislumbra un lugar a la diestra de la jerarquía en el reino de este mundo, es decir, cuando la ambición lo tienta con más furor que la lumbre en el cuerpo de su niña catequista, revienta la tragedia. No hay otro crimen aquí que la servidumbre al poder.