TEMPLOS y cementerios son la misma institución en el fondo. Por eso no es de extrañar que ambos suelan estar juntos en la disposición tradicional del espacio arquitectónico gallego. El culto de los muertos fue en Grecia y Roma el fundamento de la mitología y del culto oficial, donde pasaban por seres sagrados, debido a que las almas humanas eran divinizadas con la muerte. Los penates romanos eran una especie de espíritus abogados o protectores de la casa, antepasados capaces de ser evocados, idea común con la antigua tradición china. La palabra manes servía para definir tres realidades espirituales: las almas separadas de los cuerpos, los dioses tutelares de los difuntos, o las sombras de dichas almas. Los lares eran genios o larvas de muertos, lo que los griegos llamaban daimon como el famoso que inspiraba a Sócrates. Los templos de estas divinidades eran las tumbas, con la inscripción Diis Manibus, lo que quería decir que el dios estaba allí enterrado. Osiris En la antigua religión egipcia existían rituales para ponerse en comunicación con Osiris juez y rey de los muertos, pues el alma vagaba errante siguiendo la huella del sol hacia occidente, hacia el finisterre para tomar asiento en la nave osiriana que navegaba entre tinieblas en busca de la luz mayor. Osiris, traducido por el señor Santiago en el cristianismo gnóstico, tiene su sepulcro monumental dentro de la propia catedral compostelana. Su peregrinación sigue el lema del más antiguo san Andrés de Teixido, en Cedeira, buscando aprender a recorrer en vida el camino que le espera tras la muerte. En las Bárbaras, una de las más hermosas plazas de la ciudad vieja de A Coruña, puede observarse una versión cristiana del pesado de las almas de la tradición osiriana descrita en Libro de los Muertos , por la que Maat, la diosa de la Verdad, compara en una balanza el karma acumulada por el alma en la tierra, con la levedad de una pluma.