LOS TURCOS han decidido mirar hacia Oriente. Habitantes de un país a caballo entre dos continentes, entre dos culturas, decididamente han apostado por el Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP). Han otorgado la mayoría absoluta al integrismo islámico moderado para que los gobierne en los próximos años. Y nada más conocerse su decisión, comenzaron a escucharse voces de rechazo, preocupación y desconfianza. Mal empezamos. La Turquía moderna no está bien vista. La Unión Europea la ha mirado siempre con miedo. La considera una amenaza. Y ha sido el temor al islamismo una de las razones por las que, hace sólo unas semanas, no quiso comprometerse ni a discutir su ingreso en Europa. El triunfo aplastante del AKP, pese a estar amenazado de ilegalización por defender leyes islamistas y utilizar símbolos religiosos, ha sido la decisión incontestable de todo un país. Y esa decisión tiene que servir para abrir una nueva etapa en las relaciones internacionales. Los resultados cosechados el domingo en las urnas han de suponer un motivo inaplazable para iniciar una convivencia civilizada, comprensiva y democrática. Para variar el curso de la historia. Turquía tiene que dejar ya de ser, únicamente, la pista de aterrizaje de los guardianes de Occidente. El arsenal de quienes se creen en posesión del monopolio del bien. Erdogan, el líder del partido vencedor, avanzó sus primeras intenciones: acelerar el ingreso en la UE y mantener su compromiso con la OTAN. Si necesitábamos signos de sensatez, ya los tenemos. Actuemos, pues, en consecuencia. Europa y el mundo tienen que comenzar a mirar hacia Turquía con generosidad. Sin recelos. Con tolerancia. Aunque los turcos hayan decidido, en esta ocasión, mirar hacia otro lado. Sus motivos tendrán. Pero, por nosotros que no quede.