AYER TARDE, mientras tomaba un café y repasaba el Tenorio , me quedé dormido en el sillón. Y tuve una extraña pesadilla que no me resisto a relatarles. Era el año 2019, y el día de Todos los Santos volvía a caer en viernes. Y, aprovechando que mi nieto mayor empezaba su carrera en Madrid, decidí coger el AVE para ir a visitarlo. La primera parte del trayecto, entre Santiago y Botos, la hicimos despacito, a una media de 70 km/h, para no estorbar a los trabajadores que estaban electrificando la vía. Luego, entre Botos y Ourense, hicimos un viaje sumamente estresante, con una fuerte aceleración hasta O Irixo, y con una incómoda frenada durante los siete minutos siguientes, sin darnos tiempo a alcanzar más de 200 km/h en un trayecto previsto para 300. Ya en Ourense, tuvimos otro retraso de veinte minutos, porque el tren que venía de Madrid subía serpenteando por las curvas de Lubián y Campobecerros, debido a que algunos túneles de la vieja línea estaban en obras de impermeabilización. Por eso hicimos el trayecto hasta Sanabria a una velocidad media de 90 km/h, parando en A Gudiña y en Lubián para dar paso a otros convoyes. Finalmente, cuando llegamos a Sanabria, habían transcurrido tres horas desde la salida. Puestos en Castilla y León, con línea doble y electrificada, el tren llegó como una bala hasta Valladolid, en cuya estación tuvimos que esperar diez minutos para que enganchasen los vagones de Galicia a una lanzadera que venía de Palencia. Esta lanzadera, que no era un AVE pero iba muy rápida, salió con trece minutos de retraso, para dar la vez a los AVE que venían directos desde el País Vasco y Santander. Y así, tras un total de cuatro horas y media de viaje, llegábamos al andén número 17 de la estación de Chamartín, ya que la estación de Atocha estaba saturada con los AVE que viajan a Sevilla, Levante y Bilbao. Al bajar del tren vi a mi nieto, que, aburrido ya de mirar los paneles, acudió a recibirme con los brazos abiertos y gritando: «¡Ave María Purísima, avó! ¡xa pensei que non chegabas!». Luego, mientras almorzábamos, me explicó por qué se le seguía llamando AVE al tren de Galicia: «Porque todos marmuran un Ave María cando entra na estación». En ese momento desperté, con mis hijos solteros, y con el justo tiempo para escuchar estas declaraciones de Pepe Cuiña: «¿Es que hay algún gallego que crea que Fraga y yo vamos a tolerar un tren con menos prestaciones que el AVE a Sevilla?». Durante un momento tuve mis dudas. Pero luego decidí fiarme ciegamente del poder y la intención de Fraga y de Cuiña. Al fin y al cabo -pensé- nunca me han engañado. Y, casi sin darme cuenta, sorprendí a mis hijos murmurando: ¡Ave María Purísima!