EN EXTREMO ORIENTE, fundamentalmente, en Japón, China y Corea, el saludo entre personas de uno u otro género se realiza, como siempre se ha hecho, con una inclinación de la cabeza. Lo de estrecharse la mano como saludo entre personas es un invento occidental y relativamente reciente, que se ha ido extendiendo a medida que se han intensificado las relaciones comerciales y políticas entre los continentes. Si los orientales transigen en ello es por deferencia y no por asimilación. Por lo tanto, si un representante político español viaja a Japón y es saludado con una inclinación de cabeza no puede ni debe sentirse discriminado porque dará lo mismo el sexo del anfitrión y el del visitante, lo importante será el grado de inclinación; cuanto mayor sea, mayor será el grado de respeto que se quiere mostrar. Esto viene al hilo de la visita de Jatamí a España, que ha desatado la polémica, y no en vano. Ante las diferencias existentes entre los españoles y los iraníes y, como gesto de buena voluntad, los expertos de protocolo de uno y otro país han llegado a un entendimiento sobre la forma de acercamiento de los representantes políticos de ambos estados. Esfuerzo encomiable, sobre todo, si se es consciente de la multitud de sutilezas que se deben de tener en cuenta para no ofender al otro. En este sentido, se llegó al acuerdo de que, dado el sistema discriminatorio existente en Irán, los hombres de ese país no realizarían ningún contacto físico con mujeres españolas pero sí se dignarían a inclinar la cabeza a modo de saludo, concesión esta de alta significación, ya que un hombre, según sus costumbres, nunca debe rebajarse ante una mujer. Probablemente, serán muchos los que no den importancia a esta forma de pacto; sin embargo, la tiene, y mucha, por lo que implica de transigencia unilateral. ¿Habría esas transigencias si, a la inversa, una delegación española, en la que participasen mujeres, visitase Teherán? Los expedicionarios no sólo no beberían alcohol ni comerían carne de cerdo, sino que verían cómo las señoras eran obligadas a cubrirse con un chador para poder moverse. Puede que sea su costumbre, medieval, retrógrada, discriminatoria y vejatoria, pero no es la nuestra. A las mujeres españolas nos ha costado sangre, sudor y lágrimas conseguir que se nos reconozca como iguales a los varones, aunque desgraciadamente, en muchos casos, sólo sea en el papel. No podemos permitir que tras el esfuerzo realizado, ahora, por unos cuantos contratos, aunque tengan gran importancia económica, cedamos en nuestros derechos. Algunos dirán que si no nos gusta, no vayamos Irán. No lo haremos pero, además, exigiremos que cuando los iraníes vengan aquí y siempre que lo hagan se ajusten a nuestras normas, simple y llanamente por una cuestión de respeto. Si hacemos la vista gorda ante gestos así, lo siguiente será obviar que en países como Irán se aplica la pena de muerte. El derecho a la vida y a la igualdad son derechos fundamentales reconocidos en la Constitución Española de 1978. ¡Que nadie se olvide de eso!