HACE MUCHO tiempo que un acontecimiento político no despertaba un interés semejante al suscitado por el triunfo de Lula da Silva en las elecciones presidenciales brasileñas. No es para menos. En Brasil, la primera potencia económica y demográfica de América Latina, ha madurado y triunfado democráticamente, con un apoyo sin precedentes, una alternativa política y de gobierno, sólida y madura, dispuesta a abordar las causas estructurales que históricamente han generado, en un país inmensamente rico, miseria y pobreza generalizadas. Dada la ignominia que éstas representan y su terrible peso, no puede extrañar la enorme corriente de simpatía y esperanza generada entre millones de ciudadanos, que en todo el mundo celebran como propia la incontestable victoria de Lula y el Partido de los Trabajadores. Pero Lula no sólo está recibiendo el aliento y el apoyo de millones de personas. Es, también, el destinatario de mensajes que transmiten escepticismo y recelo. Algunos, como los procedentes de los mercados financieros, no son sorprendentes. Más confusos resultan los que, a través de las páginas de los periódicos de todo el planeta, emiten políticos y analistas, en muchos casos con innegable buena fe, exigiendo pragmatismo y realismo al nuevo presidente brasileño. De realistas han sido calificados durante años los gobiernos de América Latina que, obedeciendo las buenas recetas económicas de los cerebros tecnocráticos del Fondo Monetario y el Banco Mundial, llevaron a cabo reformas que en la mayoría de los casos se hicieron para favorecer intereses particulares y transferir monopolios públicos al sector privado, generando corrupción sin límites, favoreciendo el enriquecimiento ilícito y el surgimiento de fabulosas fortunas a costa de la pobreza de la mayoría. Todo lo cual llevó a lo que hoy se conoce en América Latina como la década perdida. El Brasil que hereda Lula da Silva, como consecuencia de los gobiernos realistas del pasado, es un país con las mayores desigualdades del mundo, tras la República Centroafricana, con 50 millones de pobres, con 178 millones de hectáreas improductivas -una superficie equivalente a Francia, Alemania, España, Suiza y Austria- en manos de 27.000 estancieros y con 50% de la riqueza en poder del 10% de la población. Sería, pues, altamente deseable que se aclarase lo que significa y en qué consiste el realismo que de forma tan insistente y reiterativa se le está pidiendo a Lula. El nuevo presidente brasileño es plenamente consciente de la magnitud de los desafíos a los que se enfrenta. Pero sabe muy bien que, si quiere evitar el fracaso y con él la africanización del continente, tiene pocas opciones. Como reconoce el propio Washington Post, la victoria de Lula refleja «el desencanto y rechazo de América Latina hacia las reformas económicas impulsadas por EE.?UU. y el FMI». Así pues, el verdadero realismo de Lula consiste, en primer lugar y sobre todo, en no plegarse a los intereses de siempre y, por tanto, en no volver a repetir las viejas y fracasadas recetas realistas del pasado. Ni siquiera maquilladas.