ESTAMOS de acuerdo. Es inhumano rematar a los secuestradores de un tiro en la sien. Es despreciable gasear al aforo de un teatro. Es cruel no respetar la vida de inocentes espectadores, tomados como rehenes. Es inaceptable no informar del gas paralizante utilizado. Pero ¿qué queríamos? ¿qué nos solucionara el problema el capitán Tan, Valentina y Locomotoro? El debate abierto, tras la decisión de Putin y su gobierno, de intervenir brutalmente en el teatro Dubrovka, tomado por un comando suicida checheno, se va a mantener vivo durante algún tiempo. Alimentado por hipócritas pacifistas. Porque ahora, en cada esquina aparece alguien que dice tener la solución para que el asalto acabase como la procesión del Corpus Christi. Con rehenes y secuestradores desfilando en amistosa camaradería. Hay que dejarse de debates inútiles. Lo ocurrido en el teatro moscovita es reprobable, brutal y cruel. Pero, inevitable. Y hay que centrarse en otras cuestiones en las que sí queda mucho por hacer. Hay que encontrar una solución al problema checheno que arroja ya un balance de más de 60.000 muertos. Es urgente parar la guerra. Y hay que obligar a Rusia a que respete los derechos humanos que impunemente viola en todo su territorio. Ese es el gran debate. Rusia, a lo largo de su historia, viene actuando con total impunidad y con un desprecio absoluto ante las vidas de los que considera sus enemigos. Rusia mantiene vigentes la tortura, la persecución a las minorías étnicas, los abusos contra los niños, la obstrucción a las fiscalías y la falta de defensa y de asistencia médica. Y los que ahora alzan sus cínicas voces contra lo que no tenía otra solución, están aún a tiempo de comenzar a luchar por una Rusia democrática. Ese es el gran debate. Pero un debate en el que no tienen cabida los cínicos.