La Bella Otero

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

29 oct 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

AÚN NO PUBLICADA en castellano, la novela de Ramón Chao La Pasión de Carolina Otero está triunfando en Francia. Los grandes críticos literarios la consideran como uno de los relatos preferidos del año. Y los mejores libreros exponen la obra con la mención «libro recomendado en prioridad». Escrita en primera persona -«la Bella Otero soy yo», dice Ramón- la novela se presenta como el diario secreto y erótico de la bella Carolina. Pero, más allá de la genialidad intrínseca de la novela, quizá convenga saber por qué siguen los franceses apasionándose por nuestra bella gallega. Probablemente, porque la biografía de Carolina nos revela lo que era la sociedad gallega en la segunda parte del siglo XIX; aquella sociedad mezquina, atrasada, conservadora, caciquil y reaccionaria, dominada por la Iglesia católica y por una pequeña burguesía mediocre, brutal y vulgar. También porque es un testimonio de la dominación machista y de la condición femenina en aquella época. Ramón Chao nos muestra a la Bella ya violada antes de la adolescencia, sirviendo en diversas casas -donde los amos tenían el derecho de pernada con las criadas-, y de meretriz en un prostíbulo. Es decir, que si analizamos políticamente esta imagen, tenemos una idea de lo que pudo haber sido la vida cotidiana de una chica pobre en una parte de Galicia, en particular en la mía, la provincia de Pontevedra. La vida de Carolina Otero es también en cierto modo la de la otra cara de la sociedad burguesa. La burguesía data de esa época. Las generaciones que empiezan a saber vivir como burguesas aparecen en la segunda mitad del siglo XIX; es decir, son contemporáneas de la Bella. Y ella representa algo así como la trastienda de esa sociedad. Una sociedad de las apariencias, de la hipocresía, del pulcro pensar y de fachada. Carolina vive detrás del biombo y nos muestra la cara oculta; representa no sólo este lado oscuro (ese oscuro objeto del deseo del que hablaba Luis Buñuel), sino también el carnaval de la burguesía: el placer, la lujuria, el vicio. La Bella encarna los placeres prohibidos de una sociedad en la que prima el fingimiento, el jesuitismo y la beatería. En realidad, los placeres de estos nuevos ricos son sencillos: divertirse, embriagarse y gozar sexualmente. Pero no lo asumen. Por ello el buen burgués tiene a su amante oculta, suele ponerle un piso -como le hicieron a la adolescente Carolina, en Lisboa primero, en Barcelona después y palacetes en Francia-, o se encierra -a menudo a la sombra de catedrales- en prostíbulos o meublés . Por eso, si analizamos la vida de Carolina Otero a la luz de estas páginas reelaboradas por Ramón Chao, observamos que su paso por Barcelona coincide con dos aspectos nefastos del período burgués: primero, la explotación de la clase obrera -como muestra el proceso de Onofre Bouvila, quien reivindica las ideas anarquistas que Bakunín había sembrado en su reciente estancia en Cataluña- y la publicación de El Capital de Karl Marx en 1857. Carolina Otero nace diez años después, prácticamente la víspera de la Comuna de París; es decir, en el momento de mayor efervescencia revolucionaria. Particularmente, a su paso por Barcelona pudo observar uno de los períodos de mayor protesta en toda Europa, sin duda debido al auge industrial y económico que producía, para la clase pudiente catalana, la preparación de la Exposición Universal. Ella es testigo de esta pujanza burguesa, y de su motor, la explotación obrera. Tanto por su origen como por los personajes con que se había codeado en Galicia, y los que luego conoció en Barcelona, siempre se identificó con la clase popular. Resumiendo: la Bella es mujer, criada, bailarina y prostituta. Frente al mundo machista, burgués y patronal representa, nos dice Ramón Chao, el otro mundo, el antimundo. Es decir, la resistencia, el pueblo. Por eso, sus testimonios, como su belleza, son eternos.