SI LA ALEGRÍA de los políticos que ganan elecciones fuera inversamente proporcional a la envergadura de los problemas que deben afrontar, Lula da Silva sería hoy uno de los hombre más tristes de la tierra. Y sin embargo su imagen sólo irradia felicidad y satisfacción. No es para menos: 50 millones de brasileños han puesto en sus manos un poder inmenso, desconocido en su país, y le han otorgado la responsabilidad abrumadora de plantar cara a un círculo infernal que parece haber extendido una plaga casi bíblica (la de la miseria y la delincuencia que camina siempre con ella de la mano) sobre uno de los países más ricos y hermosos del planeta. Se entiende, por ello, que el nuevo presidente se expresase ayer con un tono casi religioso, más cercano al del misionero que al del político realista que ha demostrado ser desde que vislumbró en el horizonte la posibilidad de la victoria. Lula proclamó solemnemente que si era capaz de luchar con eficacia contra la pobreza que atenaza en Brasil a millones de personas, sentiría que habría realizado su misión. Y Lula no habló de clases dominadas o de obreros: no. El líder del Partido de los Trabajadores del Brasil se refirió a los excluidos, los desamparados, los ofendidos, los discriminados, los humillados, los desposeídos. Con unas palabras que recordaban por momentos mucho más a las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas que a las ideas-fuerza de un texto programático de la izquierda socialista, Lula da Silva ha colocado a los pobres del Brasil en donde nunca habían estado previamente. Pues los pobres del Brasil, como todos los de América Latina, o existían (¡pobres pobres!) sólo como simple coartada para que políticos irresponsables y corruptos se alzasen a lomos del desbocado caballo populista o, sencillamente, no existían. Esa es, de hecho, la tarea gigantesca que espera a Lula a partir de enero del año 2003: la de no olvidarse de los desamparados, sin dejar tampoco de lado, al propio tiempo, las políticas realistas que parten de aceptar que sólo se puede repartir lo que previamente se ha creado y que crear riqueza en el mundo globalizado de hoy en día exige pactar en ocasiones con la realidad como único medio sensato para comenzar a transformarla. Lula acabó ayer su epístola a los pobres afirmando un compromiso bien sencillo. «Não vou decepcionar ao povo brasileiro». Hay que confiar, y desear fervientemente, que así sea. Por el bien de los brasileños. Y también, ¿por qué no decirlo?, por el de todos los pobres del mundo que podrían encontrar en Brasil un camino para llegar a la tierra prometida: la de la justicia y la igualdad.