EL ASALTO del terrorismo islámico, por medio del nacionalismo checheno, de un teatro moscovita aparece como otro eslabón más de la profusa metástasis terrorista. Un hilo de variable grosor, que oscila entre la presunción y la probada responsabilidad de esta nueva forma de violencia política, enhebra, desde el 11 de septiembre del 2001, todo un rosario de sucesos disparados por un nuevo islam. Ahora ha sido lo de Moscú y antes había sido lo de Bali y las pulsiones menores de violencia musulmana en Filipinas. La emisora qatarí de Al Yazira, en el Golfo del petróleo, opera como buzón informativo y depósito de partes de guerra de Al Qaeda, la estructura multinacional que aglutina, desde el 11-S, las actuaciones más importantes de una violencia identitaria inédita hasta ahora: tiene, en su ánima, cierta idea del islam como aglutinante de concretas causas nacionalistas. Además, este episodio moscovita abrocha directamente a rusos y norteamericanos en la condición de objetivos batidos por el integrismo musulmán en armas. Afganistán opera como rótula que articula y enlaza en la condición de destinatarios de ese terror a unos y a otros. No fue casual que Afganistán se convirtiera en baluarte de Al Qaeda cuando los rusos fueron expulsados; pues se utilizó entonces -por EE. UU.- el integrismo como el gran instrumento contra los soviéticos; éstos, de suyo, fracasaron y se agotaron en su intento de cortar el flujo islámico que le gangrenaba sus territorios caucásicos. De ahí en adelante todo se ha complicado y descompuesto en mafias y bandidaje. No hay causa ideológica capaz de librarse de su delincuencia específica, desde Chechenia hasta Colombia y la pasada guerra de Angola. Si se añade una dinamo como la de Palestina, la violencia, la perversión y la corrupción moral del terrorismo alcanzan magnitudes universales.