Errantes

La Voz

OPINIÓN

BENIGNO PRADO

27 oct 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Durante siglos y siglos, mucho antes de la destrucción del templo, desgastaron el calzado, hasta llegar casi al hueso, a través de caminos primordiales, montañas escarpadas, ríos difícilmente vadeables, mares inmensos, calzadas romanas, ruinosas vías rústicas. Luego en trenes noche tras noche, vagones de ganado con auténtico destino terminal. Su condición única, sin par, desembocó en la enemiga de los anfitriones, la segregación, la persecución, el exterminio. Tenaces, inteligentes, mesiánicos si se quiere -desde luego, trascendentes- permanecieron y arraigaron, contra todo y contra todos, en los más diferentes países. Hubo, claro, defecciones, conversiones forzadas o buscadas, pero en general su carácter, lo que ahora ha dado en llamarse diferencialismo, lo preservaron de modo indefectible. Los racistas de distinta índole se complacieron también en inventarles leyendas. Sobre todas, la de judío errante, condenado a la trágica inmortalidad de andar y andar desde la época de la Pasión. Nadie vio nunca al judío errante, pues no es uno, sino legión. Dos de ellos, entre los mejores, acaban de llegar a Asturias en coche o avión. Se llaman Miller y Allen y son, aunque agnósticos, judíos.