EL DESGASTE del centro-derecha en la transición, los problemas de fondo de la política española (segundo choque petrolífero, incremento extraordinario del terrorismo, una notable agitación regionalista y nacionalista...) y las escisiones de la UCD, factores todos ellos bien aprovechados por el PSOE, que inteligentemente había evolucionado desde el programa máximo marxista-leninista a posiciones socialdemócratas templadas («el cambio consiste en que las cosas funcionan») explican la amplísima victoria del Partido Socialista en octubre de 1982 (48% de los votos, es decir, 4 puntos más que el 44% que dio la mayoría absoluta al PP en el año 2000). Fieles a la disposición «conservadora» con la que el Partido Socialista se presentó a las elecciones de 1982, el gobierno y la amplia mayoría del país que le apoyó se atuvieron, según la autorizada opinión de Víctor Pérez-Díaz, a una trayectoria de mantenimiento de los pactos básicos de la política iniciada por los gobiernos centristas de la transición. La gestión de tantos años de gobierno socialista tiene, naturalmente, luces y sombras. Sería injusto desconocer la importancia de los esfuerzos de modernización de España en determinados ámbitos y la expansión del Estado de bienestar, aunque el balance de la gestión de algunos servicios esenciales como la educación y la sanidad fue claramente mejorable. En todo caso, los altos niveles de gasto público, juntamente con políticas monetarias erráticas, sustrajeron a la economía productiva importantes masas de recursos, elevaron a niveles astronómicos la deuda pública y provocaron altísimos tipos de interés. Todo esto, junto con las rigideces estructurales de sectores básicos de la economía (energía, telecomunicaciones, etc.) y un sector público empresarial endeudado a límites insoportables, abocó a la economía española a unas tasas de paro inaceptables (un 24%, que era el doble de los niveles medios europeos) y puso en grave riesgo todo el sistema de pensiones. Los últimos años de gobierno socialista estuvieron marcados, lamentablemente, por los escándalos políticos relacionados con los GAL, el empleo de los fondos reservados, el asunto Roldán, otros casos de enriquecimiento privado a expensas de los fondos públicos y el asunto Filesa. Por desgracia, además, el asunto de los GAL debilitó en extremo las capacidades del Gobierno para plantar cara en el País Vasco al nacionalismo etnicista que, por el contrario, dispuso esos años de muchas facilidades para implantar políticas educativas y de comunicación tendentes a la expansión proselitista de ese modelo de nacionalismo en toda la sociedad vasca. Fue preciso el cambio de política de 1996, el triunfo del PP, para que la política económica española diera un giro de 180 grados (reducción del gasto público, liberalización de la economía, acuerdos sociales, privatizaciones,...) y España se pusiera a la cabeza de Europa en crecimiento económico y creación de empleo con mejoras incluso en los sistemas de protección social (pensiones, educación y sanidad). Desde el más absoluto respeto al Estado de Derecho, el Gobierno del PP, con el apoyo bien estimable, ciertamente, del PSOE, ha podido afrontar, cada vez con mayor fuerza, al desafío terrorista y ha sido capaz de liderar una reacción política, social y cultural en la propia sociedad vasca contra los nacionalismos excluyentes que apoyan o dan coartada a la violencia terrorista como nunca se había conocido. A los 20 años del gran triunfo socialista de 1982, para bien de España, deseo a ese centenario partido, que es el PSOE, que, superados los errores y los traumas que le llevaron a su derrota de 1996, recupere lo mejor de sus esencias sociales y democráticas y pueda desempeñar con eficacia en la vida política de nuestro país, el papel que en cada momento le asigne el pueblo español.