El patio trasero

OPINIÓN

25 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EL ASALTO a un teatro de Moscú, con la toma de 700 rehenes, por parte de un comando de chechenos suicidas, vuelve a colocar al mundo al borde del abismo. No sólo Putin y Rusia se encuentran en una comprometida situación. Es la sociedad planetaria la que vuelve a vivir una crisis de difícil solución que parece encaminada a acabar en una orgía de sangre. La audacia del golpe no tiene precedentes. Liderado por Movzar Baraiev, heredero de una larga saga de suicidas, ha servido para que nuestra memoria recupere un viejo conflicto, que se remonta al siglo XIX, y en el que desde entonces no se ha producido ni un solo avance significativo que tienda al optimismo. Más bien al contrario. Son ya más de 60.000 los muertos desde que en septiembre de 1999 comenzó la última ofensiva rusa contra el pueblo chechenio. El Cáucaso es un jeroglífico de pueblos, étnias, familias e idiomas. Pero es, sobre todo, una zona clave para la extracción y distribución de petróleo. Un tesoro. Y Rusia no va a permitir que le sea arrebatado. Por eso, no es aventurado vaticinar que en este enfrentamiento, como en otros muchos, no va a haber vencedores. Y que todos van a ser vencidos. El asalto al teatro moscovita nos trae a la memoria que los conflictos que tenemos en el patio trasero de nuestras lujosas casas siguen candentes. Y que día a día se van avivando con más fuerza. En las últimas semanas hemos asistido a un rosario de atentados en Balí, Indonesia, Kuwait y Filipinas, que nos dejan cientos de muertos. El mundo ya no se entiende. Hay fanáticos dispuestos a todo, en los dos lados. Si además, ese fanatismo está aderezado, como es el caso, con creencias religiosas, vivimos condenados a que las heridas nunca cicatricen. Y a que nuestro patio trasero siga siendo un volcán, mientras nos dedicamos a lucir las fachadas.