Diagnóstico sobre Zapatero

OPINIÓN

LA ESTRATEGIA ha sido comparable a aquel viejo anuncio de bombillas: «Mejores no hay». El resultado, difícilmente superable. Ha tenido todo lo que busca un político: portadas de periódicos, noticias de sorpresa en la radio, editoriales, debate en tertulias. No importan las críticas. Lo trascendente sigue siendo el principio cínico: «Hablen de mí, aunque sea bien». Por todo eso, José Luis Rodríguez Zapatero tuvo todo el día de ayer para saborear su triunfo. La escena idílica sería parecida a ésta. Sonsoles, su mujer, le habría tendido los periódicos sobre la cama y le habría dicho, al estilo Arenas: «Enhorabuena, campeón». Por segunda vez en tres meses, le ha ganado una batalla parlamentaria al Partido Popular. Y esta vez ganó con una simple operación propia de gabinete de imagen: respondiendo al desafío de Aznar, que le retó justamente a eso; diciéndole al público, sin decirlo, que él tiene redaños para descalificar los Presupuestos donde haga falta. Y pilló a todos desprevenidos. Como si fuera una emboscada. Lo ocurrido, el éxito espectacular, necesita una explicación sociológica o psicológica. No parece normal que una intervención sin mayores novedades argumentales haya servido para encumbrar a un líder. No es normal que, por el hecho de sorprender a la Cámara, haya tenido más realce periodístico que las demás grandes noticias del día. Aquí tiene que estar ocurriendo algo que oscila entre estas impresiones: 1) hay varios medios informativos que hacen lo imposible para propiciar una alternancia en el Gobierno; 2) hay influyentes comunicadores que airean los éxitos de Zapatero para consolidarlo como alternativa; y 3) hay necesidad social de aplaudir otras ideas que no sean la pura rigidez presupuestaria y la pura coherencia de los números. Si no ocurre nada de eso, es que estamos ante un diagnóstico mucho peor: se empieza a manifestar el cansancio que produce este Gobierno.