Los gallegos vivimos instalados en el conformismo. En la resignación. Y también en el lamento. Lo acaba de poner de manifiesto el Barómetro de Otoño que estos días publica La Voz. Todo está regular. Ni muy bien, ni muy mal. Sencillamente, todo sigue igual. Para ir sobreviviendo. Sin molestar. El chequeo a la sociedad gallega, que periódicamente realiza Sondaxe, demuestra que no padecemos grandes sobresaltos. No cambiamos fácilmente de opinión. No apreciamos que se mejora, pero tampoco que se empeora. La cosa está regular; para ir tirando, malamente. La mayoría de los gallegos creemos que la situación política de Galicia es regular. Que las perspectivas son regulares. Que la situación económica también es regular y que el futuro no es mucho mejor. Y hasta creemos que nuestras situaciones personales, también son regulares. Como si nos preguntaran por el colesterol. En un debate en el Parlamento el presidente Aznar le dijo al nacionalista Francisco Rodríguez que sólo estaba de acuerdo con él en que en Galicia hay gallegos. Gallegos conformistas y de buen carácter, debió añadir. Porque creer que vamos regular no es ninguna buena opinión. Pero tampoco es lo suficientemente inquietante como para que los estrategas de nuestra política se la tomen en consideración. Galicia está regular como estuvo siempre. Puede empeñarse Fraga en decir que mejoramos significativamente. Pueden hacer esfuerzos Beiras y Touriño por demostrar lo contrario. No nos importa lo que digan. El 83% de la parroquia no ha seguido el debate del estado de la autonomía. No lo han visto ni los ahijados de los portavoces parlamentarios. Y es que estamos condenados a la resignación. Como si no quisiéramos incordiar. Como aquel sabio antecesor nuestro, mítico, que para no molestar dijo que «Dios es bueno, pero el demonio tampoco es malo».