ENTRE los dirigentes que contribuyeron a poner las bases de Unión Europea actual y de la futura y que lucharon con denuedo por superar la guerra fría siempre ocupará un lugar señero Willy Brandt, a pesar de que nadie se haya molestado en recordarlo ahora que se han cumplido diez años de su fallecimiento. Especialmente llamativo es el silencio español. Quienes recordamos la sopa de letras en que se movían los doscientos partidos decididos a ser algo en nuestro panorama político, después de la muerte de Franco, recordamos también cómo la apuesta de Brandt por un partido de corte socialdemócrata, dirigido por unos jóvenes sin demasiados rencores acumulados en el pasado, resultó determinante para clarificar el margen izquierdo de nuestras opciones políticas. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1971, pero en 1974 hubo de dimitir como Canciller de la República Federal Alemana (RFA), traicionado por más de los que figuraron como responsables. Sin embargo, no pudieron acabar con su obra. Por entonces ya había reformulado Alemania. Y de paso había cambiado Europa y contribuido a encarrilar España. Pero el mundo al parecer no está para agradecimientos.