Martes 5 de noviembre

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

NADIE DUDA que el resultado de unas elecciones en EE.UU. ejerce una decisiva influencia, tanto en los asuntos internos de aquel país como en la dinámica política mundial. Las que se van a celebrar el próximo 5 de noviembre -para la renovación de la totalidad de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y los gobernadores de los Estados-, al ser las primeras después del 11-S, devienen un acontecimiento crucial. El martes electoral de noviembre pondrá de manifiesto si el pueblo norteamericano respalda la política belicista y unilateralista de la actual Administración o si, por el contrario, impone un poderoso freno a semejante estrategia. Las elecciones van a determinar si se consolidan dos de los más importantes cambios producidos en los últimos tiempos en EE.?UU. y que, precisamente, están en la base de la actual política interna y exterior norteamericana. El primero de esos cambios hace referencia a la perturbación, y consiguiente desequilibrio, que el 11-S ha introducido en el sistema político estadounidense, posibilitando que las fuerzas más conservadoras y autoritarias hayan accedido a todos los resortes del poder en Washington. Los nuevos líderes, con Bush a la cabeza, han roto, de hecho, su contrato con la comunidad internacional, ignoran o boicotean las decisiones muiltilaterales, desprecian el derecho internacional y han incluido la doctrina de la guerra preventiva como parte de su estrategia de seguridad nacional y como instrumento legítimo de la política exterior norteamericana. Estas decisiones son inseparables de su voluntad de dominación y de su vocación de moldear el mundo en base del poder económico y militar de EE.?UU., y en función de sus exclusivos intereses. Sería, pues, deseable que las elecciones del 5 de noviembre, tal como proponen Gore, Carter y muchos demócratas, posibilitasen el restablecimiento del equilibrio social e institucional y, por lo tanto, permitiesen la neutralización de los peligrosos personajes que hoy dirigen la política de la superpotencia americana. El otro cambio fundamental que se ha producido en EE.?UU., objeto de aguda controversia electoral, se refiere al poder del dinero en la política estadounidense, y la negativa relación que este hecho tiene con la política económica, con la corrupción empresarial y la política exterior. Desde que el Tribunal Supremo dictaminó que «el dinero que se emplee en potenciar candidatos y promocionar intereses privados y comerciales en Washington es una forma de libertad de expresión protegida por la Constitución», los grandes intereses económicos y financieros determinan la política económica y social de aquel país e influyen decisivamente en su política exterior. No resulta extraño, pues, que las grandes compañías armamentísticas y petroleras que llevaron a Bush al poder, reclamen ahora sus compensaciones y dicten la política internacional norteamericana. Son numerosos los líderes demócratas y los analistas de aquel país que aseguran que una economía americana sana y unas relaciones internacionales de cooperación y respeto demandan profundas reformas internas en EE.?UU., semejantes en calado a las promovidas por Theodore Roosevelt tras un largo periodo posterior a la guerra civil, o a las contempladas en el New Deal tras el crash del 29. Atención, pues, al resultado del martes 5 de noviembre. Desgraciadamente nos afecta a todos.