PODRÍA contaros anécdotas personales de retrasos del avión. Especialmente cuando me lleva a Galicia. Pero es mucho más elocuente la revuelta de pasajeros en Santiago, que La Voz ha contado con precisión: hartos del menosprecio con que son tratados, se rebelaron contra todo. Se hicieron con la megafonía, intentaron ocupar un avión y al final bloquearon el acceso. Es todo un incidente de orden público que demuestra la rabia contenida de unas personas que, como cualquier usuario ha podido comprobar alguna vez, sólo necesitan un líder ocasional -un agitador, diría el Gobierno-para reventar. Y en Santiago reventaron. La huelga de controladores, según dicen, ha terminado. El conflicto de los pilotos por la seguridad también ha concluido. ¿Qué es, por tanto, lo que ocurre? Ocurre, sencillamente, que se desprecia al usuario. Se le ha perdido consideración y respeto. Es una maleta más que no necesita información porque no la entiende y que cualquier día puede aparecer en Dusseldorf cuando su familia lo espera en Lavacolla. Y la obsesión por el ahorro -los jefes han de cobrar el bonus a fin de año- lleva a que se restrinjan atenciones elementales. Me pregunto si el Gobierno tiene una mínima idea de lo que está pasando en muchos servicios públicos. Me pregunto si algún sismógrafo está midiendo el cabreo ciudadano, que sólo se manifiesta en explosiones como la de Santiago. Por si no lo sabe, conviene recordarle alguna vez que, cuando contribuimos como europeos, tenemos derecho a servicios de rango europeo. Y que no sirven de nada las grandes cifras de la economía si al ciudadano no le llegan ni las migajas. Y que a un gobierno no lo tumban los méritos del aspirante, sino las irritaciones que ha provocado. Y que Felipe González llegó al poder porque le preguntaron qué era el cambio, y él respondió: «Que España funcione». Y que en la España de ahora vuelve a haber muchas cosas que no funcionan.