NO SUELO terciar en temas locales. Pero también de ellos se pueden extraer reflexiones generales. La ampliación, siempre demorada entre dimes y diretes, de la pista del aeropuerto de Alvedro es un buen pretexto. Unos se callan, otros inculpan al adversario político y otros al propio colega. El resultado es claro: la pista sigue tan raquítica como la voluntad cooperadora de los protagonistas. Los economistas -y no sólo ellos- hablan mucho del viejo «dilema del prisionero». El síndrome es claro: si un prisionero imputa a un compañero algo por lo que son acusados los dos, se librará a costa del otro, salvo que el segundo haga lo propio, con lo que ambos resultarían castigados. Si dice no saber nada, corre el riesgo de que su colega le incrimine, con lo que cargaría él con el mochuelo. Si ambos colaboran, y no le echan las culpas a nadie, quedarán los dos libres de imputación y, además, no darán pretextos al superior común para hacerse el longuis y no invertir un duro o hacerlo en otro sitio. Parece fácil.