Amina

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

07 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

AMINA Lawal, la mujer nigeriana condenada a morir lapidada por adulterio, está conmoviendo los cimientos de nuestra vergüenza colectiva. Por una vez, en lugar de limitarnos a denostar la injusticia desde nuestra mala conciencia, nos hemos puesto a hacer algo por anticiparnos a su consumación y remediarla. Así, se van sucediendo las presiones sobre el Gobierno de Nigeria para que suspenda la ejecución. El llamamiento del Parlamento Europeo y la proposición no de ley aprobada por nuestra Comisión Mixta Congreso-Senado de los Derechos de la Mujer son algunas de las actitudes adoptadas, además del boicot al concurso de Miss Mundo que se celebrará en noviembre y al que no asistirán las representantes de varios países, entre ellos España. Son botones de muestra de un rechazo que todavía debería ser mucho mayor y mucho más enérgico y continuado. Si Occidente tiene la vocación que dice de liderar la defensa de los Derechos Humanos en el mundo, debe poner contra la pared a quienes los violan con una impunidad que afrenta al sentido común y al propio Derecho Natural. No hablo de religión, hablo de los derechos mínimos de la persona, entre los cuales está el derecho a la vida. Nada más.