DICEN EN LOS EE.UU. que no hay almuerzos gratis; a lo que se podría añadir: tampoco meriendas ni cenas. Todo tiene un coste; supone un precio, legítimo o espurio. Un coste inmenso, una fenomenal factura, está pagando Brasil por la merendola y la romería de izquierdismo probable, en que se ha convertido la campaña electoral ya concluida. La cota de victoria, en que los sondeos colocan al izquierdista Luis Inacio Lula -un Camacho salido de las fábricas paulinas de automóviles, bien que desacafeinado al cabo de cuatro pasadas infructuosas por las urnas-, es una cota que ha puesto por las nubes el precio de estas elecciones. Los analistas internacionales de riesgos, la gran banca transnacional, los grupos de presión y los vectores de interés que operan en la economía global, tasan el posible triunfo de Lula: un precio ante el que palidece el del mejor marisco de Galicia en los restaurantes más caros de Madrid: la moneda brasileña, el real, en caída libre frente al dólar. Ni como freno ni como red de seguridad han servido los 34.000 millones de dólares prometidos por el FMI ni el consenso explícito de los partidos para cumplir todas las condiciones de tan monumental ayuda financiera. Supera la deuda externa de Brasil el 60% de su PIB, y representa Brasil casi la mitad del conjunto económico iberoamericano. El ahorro español se la juega en las urnas brasileñas, directa e indirectamente. Pagaremos a escote la factura de la fiesta. Cuesta reconocer que cuando se descapitaliza la economía se descapitaliza también la libertad, incluso a golpe de huracanes monetarios. Pero también los huracanes -también los electorales- pueden quedarse y resolverse en tormentas tropicales. Acaso sea eso lo que ocurra en Brasil. El precio de testificar sobre la desigualdad, con o sin Lula, no debe ser el de aumentar la pobreza.