LA PRÓXIMA la feria de Frankfurt tiene su cita anual con el mundo del libro. Desde hace más de cincuenta años lo viene haciendo las primeras semanas del mes de octubre. La feria es la auténtica fiesta mundial del libro, la nueva biblioteca de Alejandría con millones de títulos en sus anaqueles portátiles y efímeros. Una auténtica Babel que hubiera hecho las delicias de Borges, de todas las letras y todas las lenguas desde el letón al gallego, desde el mandarín al quechua con un denominador común: el libro como compendio de todos los saberes, de toda la magia escrita en decenas de millones de páginas, museo vivo de la fantasía mundial. La ciudad, la bella ciudad del oeste de Alemania, se transforma durante una semana en la que se celebran más de dos mil eventos culturales. Es provisionalmente la capital del mundo de las literaturas, los debates, el pensamiento y también de los movimientos alternativos, reivindicativos y radicales que se van tejiendo en torno al libro y su universo. La ciudad se desdobla en su corazón múltiple de ski-line y city financiera y su ciudad originaria e histórica, río por medio, tiñendo las noches de otoño de un color que ponen las miles de estrellas pintadas en un cielo que compite con las luces de los rascacielos. A mí, que ya llevo más de una docena de ferias francofortinas, me place más habitar los paseos de los pueblos / ciudades cercanos, quedarme en Maguncia, cuna del inventor de la imprenta, o escuchar un concierto callejero en las calles peatonales de Offembach, donde todavía viven un buen número de emigrantes gallegos. Como paisanos son los propietarios de un restaurante cercano al centro comercial de Frankfurt, el Zeil, llamado fachendosamente Centro Cultural Gallego. El primer año que tomé allí una cerveza, rodeado de las tópicas señas de identidad de la Galicia de siempre, pregunté al dueño de dónde procedían. Me contestó en un perfecto gallego, con acento sureño, un lacónico: «da parte de Salónica». Al inquirir a qué concello pertenecía lo que yo daba por seguro como aldea o parroquia, respondió que «está no norde de Grecia, pero eu casei nunha vila de Pontevedra, cerca das Neves». Desde entonces acudo cada año a saludarlos y a cenar en su compañía. La feria está ligada a la presencia de Carlos Casares, que al igual que yo, procuraba no faltar. La inmensa curiosidad intelectual de Carlos se acrecentaba al descubrir textos buscados que siempre encontraba en los stands de exóticos países. El año en que fue galardonado Saramago con el Nobel, apenas un par de horas antes de recibir la noticia, paseábamos los tres por un pasillo que desembocaba en el pabellón del país invitado, que aquel año era Portugal. Cuando la noche se desparrama un poco perezosa sobre el río y la ciudad se divide y multiplica a la vez, se inaugura la otra feria, la de las vanidades, la de las fiestas de los grupos editoriales, las muy selectas recepciones o encuentros con autores estrella, fabricantes de best-seller y otras curiosidades. El hall del Frankfurter Hoff es una bolsa del libro, un parqué financiero donde agentes y editores mueven millones de dólares en compras de derechos y anticipos a lo largo de la semana. En el hall de ese hotel conocí y compartí una larga conversación llena de anécdotas con Umberto Eco y en otro hotel con menos lujo y glamour, pero cercano al Hoff, escuché a Gunter Grass anticipando en alemán un capítulo de un nuevo libro que leía ante un mínimo pero entregado auditorio. Aquella noche el duro idioma sajón sonó en mis oídos como suenan las palabras esenciales del gallego, como se entienden las voces del castellano que viajan en el viento y se convierten en textos universales de comprensión abierta. Nunca como entonces, el alemán fue tan bello. Cuando un tiempo después leí el texto de Grass traducido al español, les aseguro que el fragmento escuchado lo había entendido tal como fue escrito.