Crisis de Estado

ENRIQUE CURIEL

OPINIÓN

BUENO, PUES ya tenemos ante nosotros la reapertura del debate sobre las diferentes ideas de España en las peores circunstancias, en un contexto preocupante y lleno de tensión. Y algunos, para ayudar , no dudan en apelar al Ejército para que acuda a las calles de Euskadi. Está visto que los españoles somos especialistas en no saber resolver nuestros problemas de identidad. De nada sirve insistir ahora en la previsión que algunos veníamos haciendo acerca de las luces rojas que emitían destellos desde hace años, y, especialmente, en los últimos meses. Y tampoco resulta útil rasgarse las vestiduras, sobreactúar e insultar al lendakari de los vascos. Mantengamos la serenidad, la calma y seamos positivos, porque tales actitudes las vamos a necesitar en el próximo futuro si no queremos arruinar todo lo hecho desde hace veinticinco años. ¿Qué nos hace falta? Necesitamos ideas, necesitamos políticos capaces, necesitamos voluntad de encuentro entre las diferentes visiones del Estado y sobra miedo e integrismo. Insisto en lo que ya he escrito en otras ocasiones; si hoy, en éstas circunstancias, tuviéramos que sentarnos a redactar de nuevo la Constitución de 1978, sería imposible lograr un acuerdo. Vale la pena repetirlo; el pacto escrito, y el no escrito, en torno al artículo 2, al Título VIII y a las Disposiciones Adicionales Primera y Derogatoria de la Constitución, pretendían superar el atavismo histórico que nos dividió durante doscientos años. El consenso autonómico constante nos permitió superar las dos pulsiones representadas por el nacionalismo español excluyente y apoyado en un Estado autoritario, y las tendencias desintegradoras que negaban la propia noción de España. Y ese fue el hallazgo constituyente con sus benditas imperfecciones , como ha dicho Rodolfo Martín Villa. Si cualquiera de las partes lo rompe, todos habremos fracasado. Dicho esto, sugiero que se lea con detenimiento el discurso de Ibarretxe. Ignoro si todo lo que propone cabe en la Constitución. Pero en todo caso no es un planteamiento independentista, ni ilegal. Pretende «un nuevo pacto político» con el Estado español, utilizando el procedimiento «contemplado en las normas estatutarias y constitucionales vigentes», para, finalmente, «negociar con el Estado». Basta ya de vincular al nacionalismo vasco con ETA. Basta ya de satanizarles y de empujarles al monte. Es cierto que el Pacto de Lizarra fue un error del PNV al mezclar un proceso de paz con la construcción nacional y porque no integró a los no nacionalistas. Pero el fracaso de Aznar negándose a dialogar lo pagará España, es decir, los vascos y todos los demás. Y no tiene derecho a hacerlo.