JORDI PUJOL se ha despedido dejando en el aire una seria advertencia. Su participación ayer en el último Debate de Política General en el Parlament nos ha servido para conocer que pretende convertir a Cataluña en el primer país europeo y que el modelo de CiU es el mejor posible. Pero nos ha servido, sobre todo, para saber que, o el Gobierno español cambia su política autonómica, o el Pacto Constitucional pasará a mejor vida. Que nadie dude de que en los próximos días, el president va a ser otro de los objetivos, junto con Juan José Ibarretxe, sobre los que las claras mentes del PP van a disparar toda su artillería. Que nadie dude que lo acusarán de querer romper el marco constitucional; de seguir el compás que marcan los vascos y de tratar de aprovechar el clima de confrontación y crispación para obtener lógicos beneficios. El nacionalismo catalán ha hecho siempre gala de una gran responsabilidad democrática. Su lealtad a las instituciones, su concepto de España, su ayuda a la construcción del país, su apoyo a gobiernos sin mayorías absolutas y el respaldo ciego en los momentos de mayor inestabilidad, lo colocan como una pieza fundamental en la construcción de nuestro Estado. Por eso, el anuncio de ruptura en la colaboración que los catalanes vienen manteniendo con el Gobierno central, no puede ser interpretado como un acto de irresponsabilidad, ni de involución autonómica, ni un afán por seguir la ola de Ibarretxe. La advertencia de Pujol nos dice mucho más. Nos alerta de que el Estado de las Autonomías es un proceso inagotable que hay que seguir alimentando. Sin miedos. Sin reparos. Y que las actitudes inmovilistas, lejos de resultar beneficiosas, no hacen más que originar profundas heridas. Y eso parece que lo tenemos todos muy claro, excepto quienes carecen de sensibilidad y gustan de practicar la ofuscación.