Más de Bertrand Russell, profeta

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

UNO, DEVOTO de Borges, lo es también de los autores que él admira y sirven de maestros. Trato siempre de seguir los meandros de la biblioteca laberíntica que formó la concepción del mundo del autor de Inquisiciones y Otras Inquisiciones . Conocida es su devoción por Bertrand Russell y siguiendo el hilo borgeano o borgesiano, he llegado a los Ensayos impopulares del filósofo irlandés. Más que filósofo yo diría poeta, por lo que de vaticinio tienen sus escritos, de adivinación, pues esa es la etimología de vate, el que vaticina, el que adivina. En el tercer capítulo de los Ensayos impopulares , escrito a mediados del siglo pasado, Bertrand Russell escribe unas profecías que ya señalé la semana pasada, pero que su importancia, su trascendencia, exige que las repitamos y meditemos. Ya lo dijo André Gide: «Todas las cosas han sido dichas, pero como nadie escucha, es necesario repetirlas constantemente». Presten atención: «Antes de que termine el actual siglo, al menos de que ocurra algo completamente imprevisible, se habrá realizado una de tres posibilidades. Que son: »I. El fin de la vida humana, quizá de toda la vida en nuestro planeta. »II. Una vuelta a la barbarie, después de una catastrófica disminución de la población del globo. »III. Una unificación del mundo, bajo una solo gobierno que posea el monopolio de las principales armas de guerra. »No pretendo saber cuál de ellas se dará, ni siquiera es la más probable. Lo que afirmo, sin vacilación alguna, es que el tipo de sistema al que hemos estado acostumbrados no puede continuar». Sentirán ustedes como yo un escalofrío en la espina dorsal. Hace más de cincuenta años un profeta advertía sobre los cambios climáticos, el sida, y la imparable hegemonía americana. El siglo XX ya pasó y no sucedió tamaño cataclismo, pero puede acaecer de un momento a otro y además, en el cómputo de la eternidad, un error de años equivale a un quítame allá esas pajas. Pero mi asombro y mi temor aumentan al abordar pasajes como éstos: «Después de siglos durante los cuales la tierra produjo inofensivos trilobites y mariposas, la evolución progresó hasta el punto de engendrar Nerones, Gengis-Kanes yHitlers; ello, empero, es una pesadilla pasajera: con el tiempo la tierra será completamente incapaz de cobijar vida y la paz volverá». Aquí Bertrand Russell expone la creencia en el eterno retorno, doctrina de Empédocles, Platón y Nietzsche que Borges explaya en su cuento Los teólogos : «Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del Danubio la novísima secta de los monótonos profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y será». Algunos pensadores modernos comparten la evolución hacia ese final, que no tiene por qué desembocar en una paz renaciente. Según ellos, la guerra es inherente a la vida y se explica con la teoría de la struggle for life de Dar-win. Primero se luchó por sobrevivir, luego por destacar y al fin por dominar. Así parece explicarlo Russell en su ensayo Filosofía y política : «El filósofo decide previamente cuáles son las características del mundo existente que le proporcionan placer, y cuáles son las que le desagradan. Luego, por una cuidadosa selección de los hechos, se convence a sí mismo de que el universo está sometido a una ley general que conduce a un aumento de lo que a él le resulta placentero y a una disminución de lo que le resulta odioso. A continuación, habiendo formulado su ley de progreso, se dirige al público y dice: 'Es fatal que el mundo se desarrolle como yo digo; por lo tanto, los que quieran estar en el bando triunfador y no deseen librar una guerra infructuosa contra lo inevitable, se unirán a mi partido'. Los que se oponen al él son condenados como antifilosóficos, anticientíficos y pasados de moda, en tanto que los que están de acuerdo con él se sienten seguros de la victoria, puesto que el universo está de parte de ellos. Al mismo tiempo, el bando triunfador, por motivos que todavía son un tanto oscuros, es presentado como el bando de la virtud». Esto lo escribía Bertrand Russell hace cosa de tres cuartos de siglo. No me digan que, aún siendo filósofo, no merecía el título de poeta, vate, vaticinador o adivino. Porque, además, lean la conclusión: «Con medios vastamente más potentes de utilización de la energía atómica que los que ahora se poseen, se piensa posible, por muchos serenos hombres de ciencia, que las nubes radiactivas, flotando sin rumbo por el mundo, desintegren por doquier los tejidos vivos. Aunque el último superviviente pueda proclamarse emperador universal, su reinado será breve y sus súbditos, todos cadáveres. Con su muerte terminará el incómodo episodio de la vida, y las apacibles rocas continuarán girando inmutables hasta que el sol estalle».