HACE UNOS AÑOS conocí en Madrid a un niño rumano de nombre Maradona. Se acercó a pedirme unas monedas y vi que tenía una quemadura en la mano derecha. Me lo llevé a un baño público para lavar la herida, y allí me explicó, con su pobre español, que un niño mayor lo había empujado sobre el fuego con el que se calentaban en el campamento. Maradona se mostraba al principio tímido conmigo, me miraba con desconfianza, pero después de comernos sendos bocadillos juntos, chapurreaba español que daba gusto. Lo vi durante algún tiempo por la zona. Siempre se paraba a saludarme, me reconocía desde muy lejos y venía corriendo a hablar conmigo. Un día vino con otra niña rumana, quien en un descuido mío cogió el billete de metro que asomaba entre las páginas de un libro. Maradona gritó enfadado, corrió tras ella, le arrancó de las manos el billete de metro y me lo devolvió. Hace muchísimo que no veo a Maradona. Ojalá las calles no le hayan arrebatado su honradez y su inocencia.