EN EL PLAZO de una semana la izquierda ha conseguido la victoria electoral en Suecia y en Alemania, dos países que, por distintos motivos, resultan emblemáticos en la Unión Europea. Si en Suecia los ciudadanos reafirmaron su confianza en un extenso y eficiente estado del bienestar, Alemania se ha convertido en el primer país aliado de EE.UU. (forma parte de la OTAN y del G-7) en el que una coalición de gobierno logra el triunfo electoral realizando una crítica abierta y explícita a la política proclamada por Washington. Tres factores resultaron decisivos en el desenlace electoral alemán. El primero hace referencia a la rápida y eficaz respuesta del Gobierno federal ante las terribles riadas que este verano asolaron el país, que los alemanes vinculan con el cambio climático y que, por lo tanto, ha fortalecido a Los Verdes y a su política de respeto a la naturaleza. Un segundo elemento ha tenido una influencia más que relevante en el resultado electoral. Se trata de la firme defensa que la coalición de gobierno ha realizado del estado del bienestar frente a las propuestas del candidato conservador, similares a las que en España patrocina su correligionario Aznar, al que Stoiber se refirió constantemente en sus actos de campaña. Pero, sin duda, el dato que ha marcado la campaña electoral ha sido la oposición cerrada de Schröder y Fischler a la implicación alemana en la aventura belicista de Bush en Irak. Tal discurso ha facilitado al Gobierno alemán la recuperación no sólo de numerosos votos de izquierda, sino también el de muchos ciudadanos que aspiran a que Alemania y Europa desempeñen un papel autónomo en la política mundial, y que no están dispuestos a que la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán se traslade de Berlín a Washington. Dado el enorme peso político y económico de Alemania, no puede sorprender que el resultado electoral del domingo acabe teniendo una influencia notable, tanto en la dinámica interna de la Unión Europea como en su relación trasatlántica. La posición del nuevo Gobierno alemán, más escorado a la izquierda que el anterior debido al ascenso de Los Verdes, será determinante a la hora de definir el modelo social europeo, la arquitectura institucional de la Unión, su ampliación al Este o el ritmo hacia una auténtica unión política. Por lo que respecta a la relación con EE.?UU., el electorado alemán ha enviado un mensaje alto y claro a Washington: la amistad no puede confundirse con la sumisión. Estoy convencido de que el Gobierno norteamericano -pese a su infantil reacción inicial, negándose a felicitar a Schröder-necesita normalizar las relaciones con un aliado tan importante como Alemania. Pero, tras el resultado electoral del pasado domingo, esa relación sólo podrá basarse en el respeto mutuo, y EE.?UU. tendrá que contar con las opiniones y los intereses de Alemania. Actitud muy diferente a la que Washington adopta hacia sus aliados más sumisos, como demuestra la posición de EE.?UU. en el contencioso que España tiene con Marruecos. Algo sobre lo que la opinión pública y la izquierda española deberían tomar buena nota. Alemania sí existe.