EL PNV está escenificando un rasgado de vestiduras tras las resoluciones judiciales y políticas contra el mundo terrorista que no había hecho en toda la historia criminal de la banda en defensa de ni una sola de las víctimas. Esta brutal desproporción es una de las claves que pueden permitir entender lo que está pasando en este guirigay. Los voceros del régimen nacionalista hablan de estado de excepción , de lanzar al pueblo vasco contra la opresión , se saltan el obligado cumplimiento de resoluciones judiciales, piden perdón a manifestantes simpatizantes de ETA por disolverlos, llaman fachas a las instituciones del Estado, insultan a los colectivos que amparan a las víctimas del terrorismo... ¿A qué se debe esta sangrante doble vara de medir? ¿Por qué el PNV ha estado siempre dispuesto a comprender las razones de los asesinos y nunca en disposición de escuchar las razones de las víctimas? Muy sencillo: la actual ofensiva política -ley de partidos- y judicial -iniciativas de Garzón- va dirigida contra ETA, pero pone en cuestión el régimen nacionalista, quiebra el mecanismo gracias al cual el PNV ha amasado dinero y poder en los últimos años sin contrapartida alguna de lealtad a las normas de convivencia. Asistimos a un final de ciclo, somos testigos del fin de una determinada forma de hacer política en el País Vasco. Desde la recuperación de las libertades en España, la política en el País Vasco ha transcurrido entre dos carriles: uno establece que el Estado, el Gobierno de España, los partidos constitucionalistas, no pueden hacer determinadas cosas, para que así la bestia no se enfade; dos, tú me das mucho poder político y económico y así vamos quitando razones a los que matan, «los desarmamos políticamente», sostienen los nacionalistas. El complejo de inferioridad que ha atenazado a los sucesivos gobiernos de España respecto de un nacionalismo que se presentaba a sí mismo como profundo conocedor de la cosa, acrisolado demócrata en los tiempos duros -¡qué inmensa mentira!-, listillo experto en desfacer complejos entuertos, unido a los otros dos ingredientes, se ha traducido en la creación de un gigantesco pesebre, de un auténtico régimen omnipotente fuera del cual se quiere hacer creer que no hay salvación. Los embelesos del PNV y los crímenes de ETA -¡121 asesinatos en el año 1980!- han sido la maquinaria que ha permitido pasar a los nacionalistas de la nada del comienzo de la democracia a la realidad de una administración gigantesca tomada por ellos hasta constituir eso, un régimen. Dentro del régimen hace calor, están los nuestros-nuestros ; fuera hace frío, hay muertos, hay escoltados, hay exiliados y sedes quemadas. Así han estado las cosas durante los últimos 23 años, hasta que el actual Gobierno ha enunciado una de las frases más redondas y demandadas por muchos ciudadanos: hasta aquí hemos llegado -algo así como «el frotar se va a acabar»-, se ha plantado y ha dicho ¡no! ¡No! al PNV, ¡no! a la lista interminable de demandas que, como a un niño caprichoso delante de un escaparate en vísperas de Reyes, le cuelgan permanentemente al PNV. Ser nacionalista en el País Vasco es un gran negocio, un suculento negocio económico y un ventajoso negocio político. Y ese negocio se ha construido a golpe de que unos asesinaban, mientras otros se ofrecían como supuestos solucionadores del problema. Por eso el PNV ha reaccionado con tamaña virulencia ante el fin de la impunidad del mundo de ETA. Esta situación está retratando al nacionalismo, está desnudando de forma evidente sus miserias. Primero se decía que la ley de partidos, no; pero la vía judicial, sí; luego, que Garzón estaba loco, más tarde la Mesa del Parlamento vasco se declaraba insumisa ante la Justicia y ponía en entredicho el Estado de Derecho... Todo menos renunciar a la salvaguarda que para el negocio nacionalista supone el que haya permanentemente matones en la calle. En su escalada hacia la fractura social, en su estampida en busca de la creación de una sociedad bifronte -lo bueno para los nacionalistas, lo malo para el resto-, el PNV atiza, con la colaboración de un grupo de voceros que llamaremos los periodistas del batzoki , el odio a lo español, excita el victimismo, amenaza con irse, pero, sobre todo, se retrata. Cuando las aguas se calmen, cuando quede evidente la debilidad de ETA después de certeros golpes policiales y contundentes movilizaciones ciudadanas, cuando se haya desmontado un poco más la gigantesca mentira del régimen nacionalista, estará más claro aún que el PNV prefiere ir de la mano de los terroristas antes que defender a las víctimas, que el PNV necesita de ETA para seguir inflando el pesebre, que ambos, PNV y ETA, comparten idéntico aliento -halitosis- autoritario y xenófobo respecto de los que consideran su enemigo común, aquel que los une: los españoles. ¿Se imaginan lo que quedaría ahora de ETA si el PNV hubiera reaccionado contra los asesinatos de ETA en 1980 con la décima parte de virulencia que está exhibiendo ahora?