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SUSANA FORTES

OPINIÓN

«PREDECIR ES muy difícil. Sobre todo el futuro», dijo en una ocasión el físico danés Niels Bohr. Poco después su discípulo, Heisenberg, desarrolló científicamente el principio de la incertidumbre. A veces da miedo pensar que algunos hechos sin los que ya no seríamos capaces de entender nuestra vida, pudieron perfectamente no haber ocurrido: el haber entrado aquel día exacto y a aquella hora en aquel pub donde la única invitación del azar parecía la trompeta de Miles Davis, y no la persona que nos esperaba dentro sin que nosotros lo supiéramos ni ningún pálpito nos lo anunciara; o esa amistad que nos ha construido por dentro y que sin embargo nos fue dada también por casualidad, por haber perdido un autobús o haber tropezado en el bordillo de una acera; o la gripe que en el último momento nos salvó la vida al impedir que tomáramos un determinado avión y el boleto premiado de lotería que alguien nos regaló en una tienda. A eso lo llamamos tener estrella. Aunque todos sabemos que lo más difícil de la suerte viene después. Cuando hay que empezar a merecerla. Pero existe también un universo en negativo que no es la fatalidad, sino sólo la mitad de la vida que hemos descartado, a veces injustamente, porque la justicia raramente tiene que ver con el destino: los fotogramas desechados o censurados que no formarán ya parte de ninguna película; los sobres vacíos, desprovistos de su contenido, pero también los que nunca se llegaron a enviar, las citas pendientes e incumplidas o sólo anunciadas como la novela El último hombre, que Albert Camus no tuvo tiempo de acabar; los besos de Cinema Paradiso y todos los que no nos han dado aún; lo que soñamos; la música secreta de aquella partitura que Juliette Binoche recoge de la basura en una película tristísima y hermosísima de Kieslowsky; el silencio; los proyectos que no llegan a ninguna parte; las decisiones que se dejaron de tomar en la cumbre de Johannesburgo; las negociaciones de paz entre Israel y Palestina; algunas paradojas; las páginas escritas en un rapto que consideramos imperfectas o demasiado raras y que acaban en la papelera, como ésta que ahora acabo de rescatar del fondo del cesto, porque es nuestra relación con lo imposible, lo que salva la libertad. Al fin y al cabo, el cálculo de probabilidades es una clase de insubordinación que no sólo cabe en los poemas de Borges, sino que está respaldado por la vida de cada cual y por leyes físicas y matemáticas muy precisas contrarias al pensamiento único. En el agujero negro del cosmos, donde van a parar todos los sueños que los humanos no hemos sabido conquistar, palpita enigmática la suerte de nuestra estrella.