TAN PREOCUPADOS estamos por los planes de George W. Bush para devastar Irak que nos estamos olvidando, probablemente, de volver de nuevo la mirada hacia el polvorín de Oriente Medio donde el horror sigue marcando la existencia de palestinos e israelíes. La comunidad internacional parece ya rendida. Asiste impasible al rosario de atentados, víctimas y represalias. A las acciones suicidas y a los castigos anunciados. A la tozudez de Arafat y a la sinrazón de Sharon. A estas alturas del conflicto resulta difícil saber cuál de los dos tiene menor capacidad para ejercer el liderazgo y la autoridad que requiere la situación. Porque, como dijo Napoleón de sí mismo, «nacieron para la guerra». Aunque nada de lo ocurrido en los últimos días resulta novedoso, la evolución de los acontecimientos sí parece poner de relieve un hecho destacado. Arafat se está quedando solo. Cada vez que Israel es atacado, el líder palestino pone de manifiesto su impotencia, limitándose a condenar la acción. Y cada día son más los países que le vuelven la espalda. El hecho de que la Autoridad Nacional Palestina venga saltándose las normas internacionales sobre detenciones y procedimientos judiciales, las acciones armadas de sus milicias y la impotencia de Arafat, están debilitando hasta lo indeseable la posición del líder palestino, que no sólo pierde aval en su pueblo, sino que ve cómo Europa, una de sus incondicionales aliadas, le está restando apoyos, y EE. UU. le recuerda a cada instante su colaboración con el terrorismo internacional. Los llamamientos a los líderes mundiales encuentran escaso eco. En el realizado ayer no va a hallar grandes respaldos. Porque Arafat ha de comenzar por actuar con firmeza. Con la actitud que mantiene no consigue más que socavar la legitimidad de su causa.