CUANDO DIGO Ana, me refiero a la gallega, la Pastor, la ministra de Sanidad. Me cae bien. Es discreta, trabajadora, inteligente. Y tiene un mérito añadido: hoy estará en Mosteiro. Por si no lo saben, Mosteiro es mi pueblo. Es, por tanto, la capital del mundo, aunque, por modestia y por no suscitar más recelos del belicoso Bush, hemos renunciado a competir con Nueva York y nos conformamos con ser la capital del concello de Pol. De forma provisional. Ana Pastor ha cometido un pecado horrible: hacer uso de su cargo de ministra. Y algo peor: atreverse a pensar una ley de calidad y coordinación de la Sanidad. Y una auténtica herejía: lanzó al aire sus ideas antes de hablar con los gobiernos autónomos. Alguno de ellos, en justa recompensa, le amenazó con un «grave conflicto». Y algún periódico, en lógico acompañamiento, pregunta dónde está la pasta para tanto como se gasta. Tendrá que sufrir Ana Pastor. Ha metido sus manos en el plato de las autonomías. Nos vamos a hartar de oír que es tan insensata que no prevé la financiación y ofrece servicios que pagan otros. Y ha tenido la osadía de concebir un plan que gusta al ciudadano, y, como el ciudadano vota, se cabrea la oposición. Esa es una parte del debate. Pero el debate auténtico es otro. Éste: ¿es bueno o rechazable el proyecto de Pastor? De momento, parece bueno. Respecto al dinero, creo que, cuando hay voluntad política, aparece. Creo que, si las autonomías tuvieran sensibilidad para aumentar la atención en aspectos como el cuidado de la boca, no se pondrían tan estrechas. ¡Alguna financia operaciones de cambio de sexo! Y creo que el Ministerio tiene que ser el motor de la unidad de asistencia. Si no existe esa unidad, podríamos ver que un vecino de Pedrafita dispone de servicios que no tienen en Cacabelos. Y todo, por estar en distinta autonomía. Esa diferencia se cargaría al propio sistema autonómico. Más que Ibarretxe.