LA CORDILLERA de Los Andes desde el avión es un espectáculo impresionante y sobrecogedor. Los picos nevados y bien afilados de las montañas parecen rasgar el fuselaje cuando los motores van perdiendo altura y comienzan las maniobras de descenso. Santiago de Chile está envuelto en una perpetua nube de smog . El hotel Carrera, en la plaza de la Constitución, a un lado del Palacio de la Moneda, me acogió en mi primer viaje. Iba acompañado por José Angel Valente y Luis Alberto de Cuenca. Desde mi habitación, situada en uno de los últimos pisos, divisaba toda la plaza que hoy, una década después, ha variado en su fisonomía. Paseando sin rumbo por el centro histórico llego de nuevo a la Moneda treinta años después de haber sido bombardeada para desalojar a Salvador Allende, el presidente constitucional. Esta antigua Real Casa de la Moneda es la mejor obra del arquitecto italiano Joaquín Toesca, un personaje magníficamente novelado por Jorge Edwards. Su último destino ha sido como Palacio del Gobierno y sede de la Presidencia de la República. No es un bello edificio, carece de elementos decorativos excepto esos grandes pináculos que lo rodean y que le dan cierta gracia. A su esbeltez tampoco contribuye la grisura de su color. Los militares que la custodian y hacen el cambio de guardia al paso prusiano de la oca, impresionan no por su marcialidad sino por llevar ese mismo uniforme que vestían los sublevados. En la plaza se han instalado una serie de estatuas de presidentes de la nación, entre ellos, finalmente, la de Allende. Es horrible, mientras que las otras, no sé por qué, se asemejan a las levantadas a sus dictadores en los antiguos países comunistas. Las gafas de Allende convulsionan su rostro. Pero de la estética, en este caso, se puede prescindir para emocionarnos porque su presencia haya regresado al lugar de donde se le despojó. Allende quizás se equivocó en sus formas, quizás quiso llevar adelante una utopía irrealizable, quizás el poder se le había ido ya no sólo por la derecha sino también más allá de su izquierda; pero ese gesto final, esa inmolación, confirmaban su buena fe. Hoy en Chile apenas se le cita, es el tabú de un tiempo que se desea olvidar. Ni siquiera la izquierda, excepto algún líder comunista, se atreve a pronunciar su nombre y asumir su herencia. Allende es hoy una figura heroica, pero como les sucede a todos los héroes, nadie quiere acabar como ellos. «No soy capaz. No sé lo que me espera./ O lo que se me espera. Y no me abran la puerta./ Que ya lo sé; es la muerta/ Muerte mi compañera./ Yo morí en la Moneda./ Y no tengo moneda/ para pagar el tránsito/ de la calle Moneda/ donde mi compañera está a la espera/ de mí para irnos en el trance/ de morir con el tranco/ inseguro adonde ellas ya no dancen./ Soy ciego y sordo y de ambos brazos manco/ y este pasaje es de doble tránsito», escribe el poeta chileno Armando Uribe en su largo poema Las brujas de uniforme . Uribe, al escuchar los diálogos registrados el 11 de septiembre de 1973 entre el jefe de la conspiración militar, general Augusto Pinochet, y sus lugartenientes, el almirante Patricio Carvajal y el general Gustavo Leigh, experimentó una sensación de horror y de náusea. Aquellas conversaciones captadas por las radios le recordaron, como en una visión, la danza de las shakespeareanas brujas de Macbeth en torno al caldero hirviente de sus conjuros, transfigurado en la imagen de la Moneda bombardeada y en llamas. Estos diálogos, como dice el propio autor, son insuperables en su abyección. Por el contrario, las palabras de Allende son un canto a la esperanza. Abandono la Moneda y me encamino, como un hombre libre, por las amplias alamedas.