ROUSSEAU, por defecto congénito, meaba con frecuencia y Bush, no es que mee, lo que sería magnífico, es que con igual frecuencia lleva al vulgo errante, municipal y espeso a una guerra. Desde que inició su marcha política y ascendió al trono de USA, se siente acorralado, perseguido como las chinches y cucarachas por enemigos implacables. Tanto se entrega al complejo de los espectros bélicos que ya confunde peso con volumen, ruido con sustancia y es señor que estornuda o pedorrea con cañonazos de Alá. Ahora, más presionado aún por las alucinaciones, busca liarse el bigote, aunque él no lo tiene, con Irak, que sí lo tiene y es la indumentaria nacional. Lo más grave es que anda brujuleando para que los demás seamos las víctimas de las batallas y él el triunfador de la guerra. Estos días la obsesión le lleva, como la melancolía a Madonna, a morderse el dedo gordo del pie derecho. Parece un sapo. Bradomín veía a Satanás en forma de sapo. ¿Cuántos muertos van a subrayar el mandato de Bush?